Prólogo. Mi relación con el teatro

Al teatro le debo algunos de los momentos más intensos de mi vida, casi unánimemente luminosos. Es cierto que algunas circunstancias no fueron placenteras, como cuando exigí que se interrumpieran los ensayos de una versión que contradecía el sentido de mi texto, o cuando hube de asistir a puestas mediocres de mis obras por falta de talento, o porque el director se “adueñaba” de mi pieza y la desmerecía  imponiéndole en exceso su propia impronta. Pero también debo confesar que en algunos casos tuve la satisfacción de puestas que, sin lugar a dudas, mejoraban mi texto o ponían en claro, para mi propia revelación, la esencia de lo representado. 

Mi primer contacto con el teatro fue cuando, a mis ocho o nueve años, mi padre me llevó a ver “La tía de Carlos”con Pablo Palitos. No fue frecuente que mi padre tuviera tiempo y ganas de salir conmigo y eso hizo de esa noche algo memorable. Recuerdo que me reí tanto que me caí de la butaca. Años más tarde, en la secundaria, el colegio nos llevó a ver “El pan de la locura”de Gorostiza, probablemente en el Cervantes, pero la memoria se borronea porque sospecho que con mis compañeros estuvimos más ocupados en “hacer lío” que en atender a lo que sucedía en el escenario.  

Mi primera obra fue posiblemente una reacción a mi primera novela, “Copsi”, cuya escritura fue penosa, tanto que me “rompí el culo” en el sentido más literal ya que sangré por los intestinos durante varios meses. Urgido por escapar de un estado casi esquizoide, y atraído por la “grupalidad”de lo teatral,  la trama de “Escarabajos”me asaltó veraneando en el sur con Hugo Urquijo y su entonces esposa, la actriz Alicia Palmes. Hugo, como yo, era psicoanalista con una fuerte vocación artística, y a sus apasionados relatos sobre su participación en el grupo ETEBA con Augusto Fernández, Lito Cruz, Adriana Aizemberg, Carlos Moreno y otros, debo mis primeras “contaminaciones”.
Escribí de un tirón la historia de Marta, Oscar y Rubén y la leí, intimidado, para que Alicia, Hugo y mi entonces esposa, Susy Evans, opinaran. Sus devoluciones fueron crueles pero generosas y me ayudaron a concretarla.

Fue el mismo Hugo quien se encargó de estrenarla luego de algunas vacilaciones que hicieron caer el primer elenco compuesto por un incipiente  Alejandro Urdapilleta, Betty Elizalde y no recuerdo quién completaba el trío. Finalmente subió a escena en 1975 en el Teatro Payró con escenografía de Héctor Calmet y la actuación de Alicia Berdaxagar, Mario Alarcón y Victor Hugo Iriarte. La reacción de la crítica fue muy favorable y el entonces influyente diario “La Opinión” de Timmerman, a través del voto de sus críticos Kive Staif y Luis Mazas la proclamaron “la mejor obra del año”.

La situación del país era muy poco propicia (la experiencia me ha enseñado que nunca son buenos los tiempos para el teatro) ya que el mismo día del estreno se desencadenó el caos social y económico provocado por el “rodrigazo” mientras reinaba el terror impuesto por la Triple A.  El tema de “Escarabajos” era muy revulsivo y no faltaron quienes nos aconsejaron no estrenarla. Pero nos animamos y quizás ese fue uno de los motivos de su éxito. El público nos acompañó, sobre todo luego de una elogiosísima crítica de Rodríguez de Anca en “La Nación” y luego pasamos a otra sala de mayor capacidad, el NNNNN, de la que bajamos con sala llena por agotamiento físico y psíquico de la Berdaxagar. La maravillosa actuación de Alicia obtuvo el entonces ambicionado y hoy desaparecido premio “Moliére” que otorgaba la Embajada de Francia, que se le negó a Hugo por un solo voto. Por mi parte recibí el premio Argentores, el Municipal y el del Fondo Nacional de las Artes.

De “Escarabajos” conocí otras versiones, en Argentina y en el exterior, la más reciente de ellas en el Teatro del Pueblo, que honra la memoria de Alejandra Boero, por la que Ingrid Pellicori recibió el premio ACE 2006 a la Mejor Actriz de Espectáculo Off.

Mi segunda obra fue “Lo frío y lo caliente”. Eran tiempos violentos y en mi obra, lo señalaron distintos comentarios, se preanunciaba el horror que estaba por venir. Partí al exilio en 1976 y, cuando no lo esperaba, Manuel Iedvabni me escribió a Madrid informándome que quería montarla. Así lo hizo en 1977 en el Teatro del Centro en un acto de coraje que honra a Manolo, no sólo porque yo estaba en la “lista negra” de la dictadura del Proceso, sino también porque el tema de “Lo frío y lo caliente” era muy poco “conveniente”para aquellos tiempos de terror y muerte. Nunca ví esa versión de la que aún se habla,  con escenografía del gran Saulo Benavente y con la presentación en Argentina de la excelente actriz uruguaya Adela Gleijer, además de Lina de Simone. En Madrid, durante aquellos años de ostracismo, tuve la recompensa de asistir  a la puesta de Charlie Levy con la interpretación de Cristina Rot, madre del hoy exitoso actor Diego Botto.

Muchas especulaciones se han hecho alrededor del nombre de la obra, todas posibles. Lo cierto es que se me ocurrió, de apuro y casi sin pensarlo, en el ascensor de la casa de Cipe Lincovsky, la primera a quien se la mostré, cuando me di cuenta de que la pieza no tenía título.

De “Lo frío y lo caliente” he visto no menos de veinte versiones, aquí y afuera, y es un texto que se utiliza mucho en las escuelas de teatro.  La última puesta que presencié, muy interesante por el sorprendente uso del humor y el desparpajo, es la del grupo “Carne de Crítica”en el Teatro de La Comedia de Buenos Aires, en cartel cuando escribo estas líneas.

Durante el destierro con mi entonces esposa, Susy Evans, y Elvira Onetto, preparamos un espectáculo callejero, “Imágenes”, que durante el verano de 1977 presentamos en las costas catalana y del sud francés. Amontonados en un viejo SEAT, con nuestras pequeñas hijas y dos amigos que nos ayudaban, Mela y José, además de la precaria escenografía, vivimos una experiencia maravillosa que se continuó con una exitosa temporada en la Sala Cadarso de Madrid. Kive Staif nos escribió desde Buenos Aires que quería presentar nuestro espectáculo en el Teatro San Martín que ya entonces dirigía, lo que nos llenó de entusiasmo pues eso significaba volver a la superficie en mi patria. Pero eso duró poco porque algunas semanas después volvió a escribir comunicando que la presentación se suspendía “por razones administrativas”. Había intervenido, me enteré mas tarde, el Servicio de Inteligencia de la Marina.

Durante dicha gira sucedió algo que fue una vigorosa enseñanza, no sólo en lo teatral: en Palamós, bello balneario de la Costa Brava, se desató un fuerte viento frío que hacía imposible armar la escenografía al aire libre. Como es de suponer el clima desapacible desanimó a la eventual concurrencia y los espectadores eran sólo seis. Deliberamos acerca de hacer o no el espectáculo y heroicamente decidimos que sí. Resultó que en esa magra concurrencia estaban el representante del prestigioso Festival de Nancy,  que nos invitó a participar del mismo, y un relevante crítico teatral cuya entusiasta opinión escrita nos halagó y nos abrió varias puertas.

Pocos meses después de volver del exilio recibí, en 1981, un llamado de Chacho Dragún para invitarme a participar de una “movida”teatral en contra de la dictadura del Proceso. Lo mucho que se ha hablado y escrito sobre aquella epopeya que fue “Teatro Abierto” hace innecesario que me extienda aquí sobre el tema. Presenté “ ¿Lobo estás?” que tuvo la suerte de ser dirigida por Rubens Correa y en su multitudinario elenco participaron, con el fervor de quienes sabían que las circunstancias excedían lo teatral,  Raúl Rizzo, Onofre Lovero, Ingrid Pellicori, Ana María Casó y otros. La escenografía fue de Gastón Breyer, la coreografía de Silvia Vladimisky  y la música de un jovencísimo Lito Vitale. “ ¿Lobo estás?” se sigue representando con frecuencia  como espectáculo de teatro callejero.

Dos años después llegaría el turno de “ Vincent y los cuervos”, cuyos ensayos ocupan un lugar luminoso en mi memoria, sobre todo porque eran días, en la segunda mitad de 1983, en que la dictadura se resquebrajaba anunciando mejores tiempos. Para completar un clima auspicioso contamos con el espacio que años antes ocupara el legendario Instituto Di Tella, en la calle Florida.  Su director era Víctor Mayol, quien también diseñó la escenografía; de las máscaras se ocupó Hugo Grandi y de la música Eduardo Segal. El elenco era magnífico con Jorge Marrale de protagonista acompañado por María Florentino, Daniel Marcove, Edgardo Nieva, Jorge Sassi y varios más. Pero sucedería entonces, en diciembre de 1983, algo que hirió de muerte al espectáculo: tuve el honor de ser designado el primer Secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos aires en tiempos democráticos y ello contaminó los juicios, fuesen favorables o desfavorables, sobre la obra y su puesta, lo que me decidió a bajarla a pesar de la buena afluencia del público, sobre todo para proteger a actrices y actores. La compensación fue que en los años siguientes asistí a varias puestas por otros elencos y en otras circunstancias, algunas superlativas como las presentadas en La Plata y en Mar del Plata.

Durante años, distraído en otras vocaciones, no volví a insistir con el teatro. Regresé a él con “El sable” que se montó en el 2004 en el Teatro Payró, al que regresaba después de casi treinta años aunque ya no estaba el entrañable Jaime Kogan. Rodolfo Bebán fue su protagonista acompañado por Juan Vitali, Jessica Schultz, Fito Yannelli y Cecilia Andrada. Dirigió Daniel Marcove y coprodujo Lino Patalano, con música de Sergio Vainikoff. La experiencia fue muy positiva aunque breve y Bebán, Yanelli y Cecilia fueron distinguidos con varios premios y nominaciones.

Volví a trabajar con  Marcove en el 2005 en la versión corregida de “Vincent y los cuervos” que retitulé “van Gogh”, en la que desaparecieron algunos personajes e incorporé otros, acortando su duración.  Daniel había sido Gauguin en la versión que dirigiera Mayol veinte años antes. Esta vez el protagonista fue Raúl Rizzo, quien ya lo había sido en mi “ ¿Lobo estás?”, secundado por Juan Vitali, Stella Vitali, Omar Lopardo, Carlo Argento, Marcos Woinski, Roberto Fiore, Carla Solari, Omar Khun, Pablo Sinjhi. Comenzó en el Teatro Regina, continuó en el Margarita Xirgu y se presentó en el Auditórium de Mar del Plata durante la temporada veraniega. La crítica no fue entusiasta (las anodinas “tres estrellitas” casi unánimes) siendo injusta en especial con el magnífico trabajo actoral de Raúl, aunque se reconoció la creación de Omar. 

Por fin, en el 2005, en el Teatro del Pueblo de la Fundación Somi (Cossa, Perinelli, Pais y otros) se estrenó “El encuentro de Guayaquil” con dirección de Lito Cruz, quien también actuó junto con Rubén Stella. Lito tuvo también a su cargo la escenografía. En momentos de escribir estas líneas la obra lleva ya dos años representándose en muchas ciudades del interior, también en Caracas y, quizás lo más reconfortante, en numerosas escuelas y colegios. En marzo de 2007 se reestrenó en el Teatro Carlos Carella de la Capital Federal. Obtuvo el Premio Argentores-Estrella de Mar al Mejor Estreno Nacional en la temporada 2006.

En momentos de escribir este prólogo hay dos obras mías en preparación: “La tentación” y “La tumba de Lorenzo”, que quizás, ojalá, lleguen a buen término.

Soy un convencido de que es verdad lo que puede leerse en el frontispicio del Teatro del Globo, en Londres: “Todo el mundo es teatro”. También lo escribió Calderón de la Barca:

“En el teatro del mundo
todos son representantes.
Cuál hace un rey poderoso,
cual un príncipe o un grande
a quien obedecen todos,
y aquel punto, aquel instante
que dura el papel, es dueño
de todas la voluntades. 
Acabóse la comedia,
y como el papel se acabe,
la muerte, en el vestuario,
a todos los deja iguales.”     

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