Guayaquil

(Simón Bolívar se pasea, inquieto, de ida y vuelta, por una habitación señorial pero decorada con sencillez. De tanto en tanto se observa en el espejo y arregla algo de su vistoso uniforme de mariscal francés con entorchados color oro. Golpes en la puerta.)

Bolívar: ¡Adelante!
(Entra José de San Martín, también con uniforme militar pero ostensiblemente más sencillo. Habla como español. Se abrazan. Bolívar es extrovertido, habla en voz alta; San Martín es apocado, algo melancólico).
Bolívar: ¡Bienvenido a Colombia, señor Protector!
San Martín (con algún desagrado): Está usted confundido, señor Libertador, pues si no me equivoco estamos en Guayaquil.
Bolívar: Pensé que estaría usted enterado de que los representantes de Guayaquil han expresado su decisión de incorporarse a la Gran Colombia.
San Martín: He venido hasta aquí para discutir esa cuestión
Bolívar: Dejemos eso para después. Ahora siéntese, mi admirado amigo, debe estar cansado después de un viaje tan largo. No se imagina, general, hace cuánto tiempo que anhelaba conocer al campeón de la libertad en Sudamérica.
San Martín: Dejémonos de zalamerías a las que es usted tan propenso, ya las hemos prodigado en nuestra correspondencia.
Bolívar: No olvide que soy caribeño y por lo tanto sentimental y florido. Lo que ha hecho usted en su patria, en Chile y en el Perú es admirable
San Martín: De todas maneras inferior a lo suyo en Venezuela y  Nueva Granada.
Bolívar (corrige): También en Quito y ahora Guayaquil. Veo que no se queda usted atrás en zalamerías ¿Una copita de ron?
San Martín:  No, gracias, no bebo, mejor dicho no debo.
Bolívar: Ah, sí, me he enterado de… ¿Cómo anda su salud?
San Martín (suspira): Cuando no es el estómago son los pulmones…y de vez en cuando la gota. Lo cierto es que la vida que usted y yo hacemos no es la más saludable.
Bolívar: Cuando sufría trepando las montañas para caer sobre Bogotá me consolaba pensando que las que usted había cruzado eran más altas, y el frío y el viento seguramente más crueles.
San Martín (oscuro): No han sido ésos mis peores enemigos.
Bolívar: Ha tenido usted que luchar contra generales al servicio del rey con mucha experiencia en las guerras europeas y con armas más modernas que las suyas. 
San Martín: Tampoco ellos han sido mis enemigos más temibles
Bolívar: Ya imagino a qué se refiere, general, y lo comparto. Son los nuestros.
San Martín: Tanta envidia, tanta incomprensión, tanto egoísmo en quienes deberían ser nuestros aliados.
Bolívar: A propósito, acabo de recibir noticias de Cúcuta donde está reunido el congreso que yo mismo convoqué, y allí, a mis espaldas, aprovechando mi ausencia, se está debatiendo un proyecto para hacer de Colombia una federación (indignado). ¡Una federación! Oyen hablar de Norteamérica y quieren hacer lo mismo como si nuestros antepasados no hubieran sido los porquerizos extremeños sino los puritanos del “Mayflower”. Como si Colombia no estuviera ya suficientemente dividida entre tantos jefes que quieren mandar, de Paula, Páez, Montilla…
San Martín (sugerente): Bolívar…
Bolívar : Bolívar.
(Silencio. En distintos momentos a lo largo de la obra San Martín se masajeará  el vientre, evidenciando que le duele aunque trata de disimularlo)
San Martín: Hablemos de Guayaquil. Para venir hasta aquí  casi hemos encallado en este río Guayas.
Bolívar (tajante): Históricamente esta región perteneció a Nueva Granada, por lo que es lógico que se haya incorporado a la Gran Colombia.
San Martín: Hay gentes de aquí que prefieren su anexión al Perú, y otros pretenden su independencia. Me informan que usted ha encarcelado a varios de ellos antes de mi llegada.
Bolívar: Señor general, usted sabe que los países de América deben unirse para ser más fuertes, su dispersión favorece los intereses de los imperios. ¿Ha visto usted lo que sucede en América Central? Esas naciones tan pequeñas si no logran unirse están condenadas a la miseria (evasivo)  En cuanto a esos señores a los que se refiere no estoy enterado.
(Silencio)
San Martín (extrae una carta): No tengo dudas de que usted habrá recibido otra igual.
Bolívar (busca sobre su escritorio): Aquí está, no la he querido abrir sin su presencia
San Martín: También la mía está aún cerrada.
Bolívar: Nuestros venerables están siempre atentos, no nos pierden pisada.
San Martín: Los que nos rodean, casi todos ellos iniciados, cumplen con su juramentada obligación de informar sobre nosotros.
Bolívar: Ojalá algunos de ellos pusieran esa misma devoción en el campo de batalla.
San Martín: Le propongo que por ahora dejemos las cartas a un lado.
Bolívar (acuerda): ¿Cómo van las cosas en Lima?
San Martín: Muy complicadas, quizás tanto como las suyas en Bogotá o en Caracas. Por suerte mi fiel Monteagudo lleva las riendas del gobierno con patriotismo y firmeza.
Bolívar: Tengo entendido que el general Canterac sitia la capital con veinte mil realistas.
San Martín: Veinticinco mil.
Bolívar: Los suyos no llegan a diez mil
San Martín: Tiene usted buenos informantes.
Bolívar: Si cae Lima en manos de los godos mucho se demorará la independencia de América.
San Martín: Es por ello que necesito su ayuda.
Bolívar: Ya me parecía que la situación de Guayaquil no era la única razón de su presencia aquí. Pero le advierto que debo regresar con mi ejército hacia el norte para reprimir un levantamiento en Pasto (ampuloso). He venido hasta aquí sólo porque no podía desaprovechar la oportunidad de estrechar la mano del gran Liberta…
San Martín (interrumpiendo): Si cae Lima también caerá Guayaquil pues los godos serán ayudados por los que quieren que sea peruana o independiente y están hoy furiosos por la anexión que usted ha forzado. Y luego será la Gran Colombia la que estará en peligro.
(Silencio)
Bolívar: ¿Cómo está doña Remedios, su esposa?
San Martín (suspira): Hace mucho que no la veo y las cartas llegan con dificultad, usted lo sabe.
Bolívar (sugerente): De todas maneras sé que su corazón no ha dejado de latir.
San Martín: ¿Lo dice usted por Rosa? Sí, es una bella mujer y me ayuda en mi soledad (pícaro) Es muy amiga de una tal Manuela.
Bolívar (ufano): frase sobre el amor
San Martín: Una bella mujer, sin duda.
Bolívar: Cuando conocí a mi Manuela en un sarao llevaba prendida en su pecho, con mucho orgullo, una condecoración que usted le había concedido.
San Martín: La “Orden del Sol”, condecoré a ciento diez damas limeñas por sus convicciones libertarias (hace un gesto de dolor. Arma la pipa de opio).
Bolívar: Debe usted tener cuidado con eso.
San Martín: Es lo único que calma mis dolores.
Bolívar: Dicen que uno se acostumbra y después es muy difícil dejarlo.
San Martín (incómodo): Se dicen tantas cosas… volviendo a lo de la “Orden del Sol” lo cierto es que me trajo bastantes dolores de cabeza porque los espías echaron a rodar el infundio de que yo me quería coronar rey.
Bolívar:  El “rey José”.
San Martín: Veo que los rumores llegaron lejos…El motivo de la Orden fue crear una nueva nobleza basada  en los méritos revolucionarios en una ciudad tan apegada a los títulos nobiliarios.
Bolívar: “Donde entran los duques salen las virtudes”, dijo alguien, Lacordaire creo.
(Silencio)
Bolívar: Su Rosa es de aquí, de Guayaquil.
San Martín: Así es
Bolívar (bromista): Será por eso su interés en el destino de esta ciudad (San Martín le devuelve una mirada dura)  Dígame en confianza, general, ¿es tan buena en la cama como mi quiteña?
San Martín (ríe, algo incómodo): Debo confesarle que no sabía lo que era hacer el amor hasta que caí en sus redes. La pobre Remedios… Creo que usted es más experto que yo en asuntos de alcoba, tiene fama seguramente bien ganada.
Bolívar: No lo crea, general, los reservados como usted, los que hacen menos alharaca, son los más ardientes…Vuelvo a recordarle que me crié en la extroversión caribeña donde todo se exagera y donde hasta los coitos esforzados se transforman en proezas amatorias (risas) Debo confesarle, esta vez sin exagerar,  que mi Manuela es encendida, desbocada, tan desprejuiciada en la cama como en la vida. ¿Sabe usted lo que le contestó a su esposo cuando le reprochó su infidelidad?. “Deberías sentirte orgulloso de que te engañe con alguien como Simón Bolívar” (ambos ríen).
San Martín: Mi relación con Rosa, aunque nunca me exhibí con ella en público, fue aprovechada por los curas de Lima para atacarme.
Bolívar: Ah, los curas…. enemigos temibles de la emancipación americana. Le confieso que he fusilado a varios y no me pesan en la conciencia.
San Martín: Hay obispos que amenazan con la excomunión a quienes me apoyen. Y desde los púlpitos se organizan suscripciones para sostener a los ejércitos del rey.
Bolívar: Creo, general, que hemos canjeado nuestras convicciones independistas por el infierno (risas)
 (Silencio)
San Martín (de tanto en tanto evidencia dolor estomacal):  Estaré de acuerdo con que se lleve Guayaquil a la Gran Colombia si me presta usted ayuda para terminar con los realistas del Perú.
Bolívar: ¿Intentó usted llegar a un acuerdo con de la Serna, que tengo entendido es de ideas liberales y que podría estar de acuerdo con el pronunciamiento de Riego en España? ¿Sabe usted que las instrucciones que vienen desde allá es llegar a un acuerdo con los rebeldes americanos, es decir nosotros?
San Martín: No soy optimista con lo de Riego, conozco el paño y estoy seguro de que el absolutismo español muy pronto barrerá con esos liberales. Pronto los veremos colgando en algunas plazas, no doy un céntimo por sus vidas.
Bolívar: Yo pude negociar con Morillo, al menos llegamos a un armisticio.
San Martín: Lo intenté con de la Serna, pero no tuve éxito. Justo cuando avanzábamos en las tratativas surgieron los problemas con el jefe de mi escuadra, el pillo de  Cochrane.
Bolívar: Que acusó a usted de lo mismo que me acusan a mí: de ambicioso, de  loco, de cobarde.
San Martín: Lo peor es que muchos en Lima le creyeron y se creó un clima muy perjudicial. Le confieso que no alcanzo a entender la insubordinación del almirante.
Bolívar (sutil): Inglaterra.
San Martín (suspira): Está claro.
Bolívar: Los gringos nos ayudan sólo porque quieren debilitar a España. ¿O no fueron ellos los que lo enviaron al Río de la Plata en la “George Canning”?.
San Martín (incómodo):  Fue una coincidencia estratégica.
Bolívar: No se avergüence, señor general, que también a mí me ayudaron a cruzar el mar. ¿Acaso  no sabe usted que en mi ejército llevo un regimiento inglés?
San Martín: La ayuda británica termina cuando las naciones liberadas amenazan con unirse y hacerse fuertes.
Bolívar: ¿Acaso Cochrane no es inglés y además lord? Los ingleses que le comenté me han sido muy útiles en Bomboná pero no tengo dudas de que cuando reciban órdenes de Londres me harán la vida imposible
(Silencio)
San Martín: ¿Cuántos hombres me puede facilitar para fortalecer mi ejército en Lima?
Bolívar (evasivo): Ya le he dicho que…¿Por qué no pide usted ayuda a O’Higgins en Chile?
San Martín: Ha hecho más de lo que debía y podía. Fue Chile quien financió la campaña al Perú y por eso entré en Lima bajo su bandera.  Pero hoy el poder de O’Higgins está muy disminuído, enfrenta problemas internos muy serios y, acá entre nosostros, no creo que pueda mantenerse en el gobierno mucho tiempo más.
Bolívar: La  contribución de don Bernardo a la campaña libertadora ha sido importante y la historia se lo reconocerá.
San Martín: Me han hablado mucho de usted, bien y mal, pero nunca nadie me contó que era usted ingenuo. Por ventura divina ¿cree usted sinceramente que alguien va a reconocernos algo, alguna vez? Y si lo hacen va a ser por algo que se nos inventará y que no corresponderá a nuestro deseo sino al de los que escriban la historia. Harán ventrilocuismo con nosotros, general, hablaremos con la voz de otros.
Bolívar: ¿Y Buenos Aires?
San Martín (rabioso): ¿Cree usted, general, que gobernando Rivadavia puedo esperar algo de mi patria? Ese hombrecito fatuo me odia. Ya cuando llegué de España y nos conocimos una siniestra reacción química se produjo entre nosotros.  Luego vino el golpe de Estado contra el Triunvirato, cuando al frente de mis granaderos invadí la Plaza de la Victoria y terminamos con su tiranía obligándolo al destierro. Nunca me lo perdonó.
Bolívar: Algunos amigos le quedarán en el Río de la Plata.
San Martín (suspira):  En Buenos Aires no me perdonan mi desobediencia cuando me negué a regresar de Chile para defenderla del ataque de los caudillos.
Bolívar: Si hubiera obedecido se terminaba la campaña independista
San Martín: Eso allá no interesa, lo que interesa son los negocios,  las intrigas… El precio que pagué fue alto: desde ese momento los porteños me odian, dicen que yo me robé el ejército de los Andes y lo alquilé a Chile y luego al Perú. Además de ladrón me dicen borracho, loco …(vacila) opiómano. Le puedo asegurar, general, que Rivadavia, del Carril, los Varela, ese otro diablo que es Alvear, no sólo no me darán ayuda sino que están deseando mi fracaso.
Bolívar: Los ingleses.
San Martín: Los ingleses.
Bolívar: Nombrar a Alvear es nombrar a Gran Bretaña. Alguna vez le mostraré cartas de ese personaje (suspira) En cuanto a mí, tenga usted por cierto que si hoy me mataran habría festejos en muchos hogares republicanos, quizás más que en los de partidarios del rey Fernando.
San Martín: Las cosas no eran tan difíciles para los jefes europeos que conocí. La guerra tenía reglas más claras que se respetaban.
Bolívar: Los pactos firmados eran pactos a respetar, y no como me pasó con…
San Martín (interrumpe) A propósito de reglas de guerra, uno de los infundios  que corren sobre usted, general, que yo me he ocupado de desmentir, es que acostumbra fusilar a sus prisioneros y a los rendidos.
Bolívar (grave): No tan infundios, no tan infundios…Luego de la derrota en Barquisimeto estaba rabioso y ordené a Ribas que fusilara a todos los europeos que encontrase en Caracas. No tuvo agallas para cumplir con mi orden. Quizás nos hubiéramos ahorrado muchas complicaciones posteriores. Pero luego, cuando vengué mi derrota en Cojedes, mandé fusilar a los trescientos prisioneros y personalmente me ocupé de que esa vez se cumpliera la orden. ¿Acaso usted no fusiló? ¿Es posible no fusilar en esta guerra en que por más que uno se lo proponga nunca llega a ser tan despiadado como el enemigo?
San Martín: No soy partidario de los fusilamientos masivos pero sí de los ejemplarizadores. Cierta vez en Tucumán mandé fusilar a un coronel realista, Landívar, un hombre cruel con varias muertes de patriotas en su haber. Si no lo pasaba por las armas hubiera dado una mala señal a los míos, hubieran creído que tenía miedo de hacerlo pagar por sus crímenes.
Bolívar: He sido franco con usted, general, séalo usted conmigo: seguramente no ha sido el único.
San Martín: No, no ha sido el único (pausa). ¿Sabe, general? Me arrepiento más de los que no fusilé que de los que sí fusilé. Debería de haber hecho con  Cochrane lo mismo que usted hizo con el general Piar.
Bolívar (reacciona vivamente): Ahí tiene usted el ejemplo de Piar. Yo lo hice general, era sin duda un hombre valiente y sabía hacerse querer por sus hombres. Pero conspiró contra mí junto con Mariño y entonces lo eché de mi lado y le exigí que abandonara Venezuela. Pero en vez de hacerlo reclutaba gente en mi contra, sobre todo negros, diciendo que yo lo había echado por ser mulato (enojado) ¡Yo, que he dado libertad a los esclavos que se incorporen a mi ejército! Pero lo más deplorable era que los negros le creían y muchos se enrolaron con él. Tantos años de sometimiento, pobrecitos, les han nublado las entendederas.
San Martín: En Chacabuco y Maipú formaron el grueso de la infantería y pelearon muy bien. Muchos murieron.
Bolívar (triste, reflexivo): La muerte…Fenelón escribió: “La muerte sólo será triste para quienes no piensen en ella”. Lo cierto es que hace años que mi vida está teñida de la sangre de las batallas, de los asesinatos, de los fusilamientos y he terminado  por no pensar en la parca. ¿Sabe usted qué es lo que me hizo llorar cuando después de Carabobo  recorrí el campo de batalla? No fueron los cientos de muertos entre los que había oficiales que merecían el mejor concepto, ni tampoco los ayes de dolor de los heridos desangrándose sin esperanza, ni tampoco los pedidos de clemencia de los rendidos… lo que me partió el alma y me arrancó lágrimas fue descubrir a mi perro “Nevado” muerto, atravesado por una lanza (triste) Un perro maravilloso, irremplazable.
San Martín: Quizás hemos perdido el alma.
Bolívar: Si la hemos perdido, lo que no dudo, ha sido en esas tediosas discusiones políticas en las que todos mentimos para llegar a acuerdos que luego ninguno respeta.
(Silencio. A medida que avanza el diálogo y va creciendo la confianza recíproca irán despojándose de sus uniformes hasta quedar en camisa y pantalón).
San Martín (mostrando la carta cerrada): Aquí está nuestro futuro, el que algunos han decidido vaya a saber dónde, para favorecer qué oscuros intereses. 
Bolívar (ignora lo de la carta): ¿Por qué volvió usted a su patria, general?
San Martín (duda): ¿Mi patria? Sí, puede ser, aunque no recordaba casi nada de ella, sólo el barullo nocturno de la selva y los dolorosos aguijones de los mosquitos.
Bolívar (lo imita): Sigue usted hablando muy castizamente, como si ayer hubiera desembarcado.
San Martín: Exagera usted pero es cierto que no es fácil despojarse de treinta años de vivir como español.
Bolívar: ¿Por que volvió?
San Martín: Sospecho que por lo mismo que usted, harto del oscurantismo español, deseoso de colaborar en la creación del otro lado del mar  de un mundo mejor, más tolerante, más libre, pero…
Bolívar (la conversación es distendida, amistosa): Aquí encontró las mismas envidias, las mismas necedades, las mismas ruindades…La villanía no es europea o americana sino que habita el centro mismo del corazón del hombre. El mío por ejemplo.
San Martín: De todas maneras quizás haya valido la pena (suspira) Quizás…
(Silencio. La melancolía de  San Martín irá acentuándose a lo largo de la obra).
Bolívar: ¿Sabe lo que extraño? Las seguridades de mi juventud. A medida que uno crece y va acumulando experiencias también aumenta la inseguridad, se confunde lo verdadero con lo falso, la certeza con la vacilación, lo mejor con lo peor…
San Martín: Las palabras “siempre”, “nunca”, “todo”, tan juvenilmente contundentes, pierden su redondez, como si se desflecaran.
Bolívar: ¿Sabe, general? Yo tuve la suerte de tener a mi lado a una persona extraordinaria, cuya ausencia lamento todos los días de mi vida, Simón Rodríguez.
San Martín: ¿Simón?
Bolívar: Rodríguez, mi tutor en mis años mozos. Fue él quien me enseñó lo poco bueno que sé de la vida. Lo malo lo aprendí solo. El me introdujo en el pensamiento libertario de Voltaire, en las ideas de tolerancia de Locke, en el desprejuicio de Madame de Stael. El me recomendó leer el “Horacio” de Corneille y me conmoví con la historia de la lucha entre los tres Horacios y los tres Curiáceos  que termina con la victoria de un sólo Horacio sobreviviente quien, al ver a su hermana llorando por la muerte de uno de los Curiáceos, de quien estaba enamorada, la atraviesa con su espada convencido de hacerlo por la gloria del país. Nosotros, mi apreciado general, somos como Horacio, matamos hermanos en nombre de la patria.
San Martín (grave): La patria…todavía no hemos sido capaces de construir la Patria Grande con mayúsculas con la que usted y yo soñamos…
Bolívar: Con mi tutor recorrí los museos de Europa y asistí a la coronación de mi admirado Napoleón como rey de Lombardía.
San Martín: ¿Cómo era Napoleón?
Bolívar: Solo le puedo decir cómo vestía pues no tuve la oportunidad de conversar con él. Llevaba una casaca despojada, charreteras simples y sombrero sin galón, mucho más sencillo que los uniformes de los de su estado mayor.
San Martín (irónico): Y que el suyo
Bolívar (algo incómodo): La chusma americana se deja impresionar por los uniformes, usted lo sabe…Al menos los venezolanos y los colombianos.
San Martín: Disculpe si he sido impertinente... Creo que mi Simón Rodríguez fue el general Solano, uno de los mejores generales del rey. Fui su ayudante en Cádiz. Era compatriota suyo, nacido en Caracas y fue él quien por primera vez me habló de Rousseau, de la Enciclopedia, me puso al tanto de las nuevas ideas liberales que venían de Francia y que penetraron en España al mismo tiempo que las tropas de Napoleón. Eso creó problemas insolubles a quienes estábamos obligados a defender al imbécil de Fernando Séptimo y al mismo tiempo nos sentíamos consustanciados con la oposición al absolutismo político y a la inquisición religiosa. Solano decía  que Francia era la nueva Grecia que cambiaría al mundo con sus ideas. Esa fue su perdición pues cuando el pueblo español se levantó contra la dominación napoleónica fue renuente a combatir contra los franceses (pausa).
Bolívar: ¿Qué sucedió entonces?
San Martín (conmovido): La turba asaltó el cuartel y lo linchó. Yo salvé mi vida porque Dios así lo quiso.
Bolívar: ¿Menta usted mucho a Dios, general?
San Martín: Sólo cuando estoy frente al diablo, como ahora (ambos ríen).
(Silencio)
San Martín: Volvamos a Guayaquil, general.
Bolívar (firme): Su incorporación a la Gran Colombia es irreversible.
San Martín: No me referí a eso sino a su sistema de gobierno. Al menos déjeme opinar sobre eso.
Bolívar:  Disculpe por anticiparme.
San Martín: Debe gobernar un príncipe europeo bajo una constitución que  dictarán sus habitantes.
Bolívar (irritado, burlón): ¡Qué extraña obsesión nobiliaria se ha adueñado de algunos de los independistas! Usted vestirá con más sencillez que yo pero sus ideas son como las del general Iturbide que en Méjico acaba de coronarse emperador. Allá en Buenos Aires tentaron a Luis Felipe de Orleáns. Y usted me viene con lo del príncipe europeo… ¿Es cierto que envió usted un delegado a Europa para buscar un soberano para el Perú?
San Martín (algo irritado): ¿Acaso no está usted pensando en erigirse en presidente vitalicio de la Gran Colombia, general, con la suma del poder público? ¿No es ésa su ambición?. Es lo mismo, ambos estamos convencidos de que nuestros pueblos no están preparados para la república porque son anárquicos e ignorantes. Un príncipe europeo, condicionado por una constitución americana, podría ponerse por encima de las luchas internas que…
Bolívar (interrumpe, severo): No hemos combatido a lo largo de estos años, derramando tanta sangre, para entregar a América a otra dominación europea. Mientras yo viva no lo permitiré. Veo que es cierta la fama de monárquico que lo acompaña, mi querido general (pausa, la tensión va disolviéndose y vuelven a la amabilidad) Lo que pasa es que está usted harto de la incomprensión de los peruanos, eso es lo que pasa.
San Martín (suspira): Y de los míos, como ya le conté, y de los chilenos que no me perdonan el fusilamiento de los hermanos Carrera del que no he sido culpable (pausa triste) Debo confesarle, Simón… ¿puedo llamarlo así?
Bolívar: Sí, José.
San Martín: Soy más viejo que usted, Simón, y debo confesarle que a mi edad las debilidades humanas, las mías en primer término, han terminado por agobiarme. Por eso aborrezco gobernar, eso se lo dejo a Monteagudo.
Bolívar (busca un papel sobre su escritorio y lo lee): No le envidio el papel a su Monteagudo.
San Martín (dolorido) ¿Sabe lo que no nos perdonan los que se llaman a sí mismos los “decentes? ¿Los que se han hecho ricos con la opresión y eso los hace sentir superiores y con derecho para decidir sobre la vida de los demás? Eliminamos la servidumbre de los indios, abolimos la esclavitud, reconocimos el derecho a la libertad de expresión (hace una mueca de dolor)…
Bolívar: Eso es lo que le enseñó su Simón Rodríguez, el general linchado.
San Martín: Solano.
Bolívar: ¿Cómo no quiere que lo odien los totalitarios? Lo único que le faltaba era prohibir el juego
San Martín: También lo hice.
Bolívar (ríe con simpatía) ¡Para ellos usted es Belcebú!
San Martín: No hay piel que resista tanta ingratitud.
Bolívar: Lo noto muy desanimado, José.
San Martín: Lo que ha terminado de desanimarme es su renuencia a ayudarme, pues entonces la caída de Lima será inevitable
Bolívar (toma el sobre):  Estamos discutiendo al ñudo, José, porque los “venerables” ya han decidido lo que debemos hacer. Es cuestión de abrir el sobre, leer las instrucciones y obedecerlas como hacen los buenos iniciados.
(Silencio)
San Martín: Debemos decidir de acuerdo al interés de nuestros paisanos, de la Patria Grande en la que ambos creemos, aunque a lo mejor seamos dos ingenuos.
Bolívar: Las desobediencias se pagan caras.
San Martín: ¿Por qué cree usted que las cosas han ido tan mal para mí después de desobedecer a Buenos Aires? Porque a quien desobedecía no era al inepto y corrupto de Rondeau sino a la logia, es ella la que no me perdonó y fueron los “hermanos” logistas los que, siguiendo el juramento que usted y yo también cumplimos, me hicieron y me hacen pagar caro mi falta…
Bolívar: La suya fue una decisión patriótica, yo hubiera hecho lo mismo… Rompámoslos (ambos se miran indecisos, sabedores de la gravedad de desobedecer las órdenes masónicas. Luego San Martín rompe su sobre, Bolívar también) Que Dios nos ampare, José (se abrazan)
(Silencio conmovido).
San Martín: Alea jacta est (frase de Julio César: ‘la suerte está echada’)
Bolívar: Hay algo que no le perdono a Rodríguez, mi tutor, que me haya enseñado a dudar, que me haya convencido en mi juventud de que el principio fundamental de un hombre libre es dudar de sus propias convicciones.
San Martín: Eso está bien para los tenderos o los burócratas pero no para quienes como nosotros deben tomar decisiones que comprometen la felicidad y la vida de muchos.  
Bolívar: ¿Acaso estamos seguros de que cuando decidimos una carga de caballería en la que sabemos que morirán muchos de los nuestros y muchos de los enemigos, que también son seres humanos, lo hacemos por la Patria con mayúsculas? ¿O lo hacemos por nuestra ansia de gloria, por satisfacer instintos primitivos, quizás porque no sabemos hacer otra cosa que guerrear?
San Martín: Además, Simón, ¿quién mueve las piezas en este ajedrez en la que sólo somos piezas? ¿Dios? ¿El destino? ¿Inglaterra? ¿Acaso alguien ha decidido que seamos nosotros los dueños de la verdad por encima del noble general Canterac y de quienes defienden al rey Fernando? ¿Dónde está ese decreto? ¿Quién lo firmó?
Bolívar (angustiado): ¿Qué engendro maligno torcía mi voluntad cuando engrillé al gran Francisco Miranda, el precursor de todas las independencias americanas, el mayor patriota que dio mi tierra, y lo entregué a los españoles para que lo dejaran morir como un perro en San Fernando?
San Martín: Seamos sinceros, Simón, lo que nos mueve es el poder, gente como usted y como yo anhela el poder. Nos atrae como la luz a los insectos nocturnos. Quizás yo regresé de España sólo porque intuía que en América me iba a ser más fácil llegar al generalato.
Bolívar: Ambos hemos tenido el poder, lo tenemos, y descubrimos que lo que tanto buscábamos no es más que intrigas, minués, desfiles, masacres, nada que valga la pena. ¿Acaso he podido hacer algo por los humildes de mi tierra, a cuya ventura me comprometí? Sólo les he dado guerra, miseria, destierro a cambio de una libertad de España que a quien más favorecerá es a Inglaterra pues pasará a ser la nueva dueña de estas tierras infortunadas, no ya con la presencia de sus tropas sino con la prepotencia de sus libras esterlinas.
San Martín: ¿Sabe? El peso de tantas tragedias es lo que me perfora los intestinos y esto (muestra el opio) es mi infierno. Bolívar: El mío son las noches insomnes, en las que no puedo dejar de recordar. Mi castigo son los recuerdos.
San Martín: Lo trágico es que no podemos abandonar el juego hasta el final, como en esas enorme ruedas que giran en los parques de atracciones y de las que es imposible descender mientras están en movimiento.
Bolívar: Y nunca vemos el rostro de quien la pone en marcha y la detiene. Nunca (largo silencio pesado) Mil quinientos, como mucho mil seiscientos.
San Martín (tarda unos segundos en darse cuenta que Bolívar habla de soldados)¿Mil seiscientos? Son insuficientes. Mi general, eso es avaricia, disculpe mi osadía, usted cuenta con diez mil soldados.
Bolívar: Está mal informado, general, no pasan de seis mil.
San Martín: Es usted un ingrato, cuando me pidió usted ayuda le envié fuerzas.
Bolívar: Mil doscientos soldados  que  combatieron en Río Bamba y Pichincha.
San Martín: Es usted reticente en el elogio.
Bolívar: Sus granaderos demostraron coraje y disciplina. Pero el oficial que lo mandaba…
San Martín: El coronel Lavalle.
Bolívar: Un insolente, debería usted castigarlo.
San Martín: Lo que le sobra en coraje le falta en inteligencia. Me temo que en el futuro seguiremos oyendo sobre sus proezas, pero también sobre sus desatinos…
(Se abre un largo silencio durante el que San Martín enciende otra pipa de opio entre visajes de dolor. Cavila. Bolívar lo observa con preocupación. )  Mil seiscientos hombres suyos más mis tropas cansadas y con la moral baja por los rumores que corren en mi contra… (menea la cabeza, reflexiona, luego con decisión) Como la rueda aún no ha completado su vuelta unamos nuestras fuerzas y acabemos con los realistas de Lima, usted será el jefe y yo su segundo y obedeceré sus órdenes sin discutirlas.
Bolívar: Señor Libertador de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de Chile y del Perú, usted no puede ser segundo de nadie, no hay sobre la tierra mejor persona ni mejor militar que usted, tampoco yo.
San Martín: Para mí no sería un deshonor marchar a sus órdenes, Simón.
Bolívar (firme): Que no se vuelva a hablar de eso.
San Martín: Entonces daré orden que todas mis fuerzas se unan a las suyas.
Bolívar: Es usted generoso pero exige de mí tanto o más desprendimiento porque ir hasta el Perú sería alejarme demasiado de lugares donde los realistas aún no han sido exterminados. Además no debo descuidar mi propia retaguardia  ya que intuyo que Mariño y Páez conspiran en mi contra. No he tenido un solo subordinado que en algún momento no haya querido arrancarme los ojos como los cuervos del refrán.
San Martín: Hasta el coronel Las Heras, el hasta entonces leal Las Heras, conspiró en mi contra. Tuve que echarlo de Lima.
Bolívar: Debería de haberlo fusilado pues seguirá fastidiándolo, ya verá. El perdón no amansa a los traidores, al contrario, los ceba.
(Silencio. Se escuchan golpes a la puerta. Atiende Bolívar y regresa con un sobre que entrega a San Martín).
 Bolívar: Es para usted (San Martín lee la nota y no hace ningún comentario) Francamente, ¿cree que podré derrotar a Canterac?
San Martín:  Usted es el único que está en condiciones de hacerlo, Simón. Además hoy he comprobado que su espíritu aún guarda alguna esperanza, esa bendición que a mí me ha abandonado por completo.
Bolívar: Mi esperanza es concretar la Patria Grande, una América unida.
San Martín:  Vaya entonces con mis granaderos y apodérese del Perú, así sumará otro virreinato a la Gran Colombia, luego será el turno del Alto Perú y  quizás pueda llegar a un acuerdo con Buenos Aires y las Provincias Unidas. La incorporación de la Banda Oriental y del Paraguay caerá de su peso y entonces el sueño de la Patria Grande será realidad. Yo, esté donde esté, lo apoyaré para que usted la presida…(sugestivo)  vitaliciamente.
(Ambos se miran en silencio, emocionados y chocan sus copas).
Bolívar: ¿Qué hará usted?
San Martín: Seguiré con atención los movimientos que en su contra urdirán Inglaterra y también Francia para impedir que se constituya una alianza tan poderosa en Sudamérica.
Bolívar: Es usted pesimista.
San Martín: Soy realista, Simón. Usted y yo sabemos también que los principales obstáculos surgirán del interior de sus fuerzas. Serán sus principales colaboradores los que pondrán palos en las ruedas.
Bolívar (preocupado): Ojalá tenga la lucidez y la fuerza necesarias para construir y defender  nuestro sueño compartido. Rece por eso, José.
San Martín: No creo que arriba me hagan caso, a veces pienso que El es un aliado de nuestros enemigos.
Bolívar: No blasfeme, José, que se enconará aún más contra nosotros. 
San Martín: Usted me preguntó qué es lo que haré cuando me vaya de aquí: me retiro del juego, Simón, renunciaré a mi cargo de Protector del Perú al día siguiente de llegar a Lima y luego iré  a las Provincias Unidas, si es que logro atravesar Chile sin que me encarcelen, y compraré una chacra en Mendoza, donde pasé algunos de los pocos momentos felices en mi vida,  y me esforzaré por que nadie me recuerde y me dejen envejecer tranquilo.
Bolívar: Eso mismo espero hacer más adelante en mi hacienda de La Toma de la Aduana.
San Martín: Pero no creo que Rivadavia y los suyos me lo permitan. Temo que me asesinen o me obliguen al destierro porque me odian, porque la venganza no ha terminado ni terminará nunca, y porque los asusta que los caudillos como Estanislao López o Artigas, de cuya amistad me honro, me proclamen su jefe.
Bolívar: En el libro de la vida nuestros infortunios están escritos en inglés.
San Martín: Guardaré esa frase en mi memoria. 
Bolívar: Ya se encargarán de sembrar cizaña entre nosotros.
San Martín: No podrán hacerlo mientras estemos vivos, es demasiado grande mi respeto por usted, Simón, y estoy seguro de que usted corresponde ese sentimiento.
Bolívar: Pero sí lo harán cuando se escriba la historia de estos días, ya verá, dirán que yo le impuse mi soberbia o que fue usted  un cobarde que renunció a la lucha o que fue la masonería la que decidió por nosotros, algo inventarán que no nos dejará bien parados.
San Martín: Y los de su patria estarán convencidos de lo contrario de lo que se opine en la mía. Son las manchas de los tigres, Simón, una más o una menos no hace diferencia
Bolívar: Será difícil hacer entender que atacar a los realistas del Perú fue para mí un sacrificio que no entraba en mis planes
(Silencio).
San Martín (bajando la voz): Simón, ¿puedo hacerle un comentario muy privado? Tómelo como una consecuencia de la confianza y la amistad que ha ido creciendo hoy entre nosotros.
Bolívar: Lo escucho, José.
San Martín: ¿Tiene usted asegurado su retiro? Económicamente, me refiero.
Bolívar: Me han regalado una hermosa quinta en La Toma de la Aduana que he decorado a mi gusto.
San Martín: Se la confiscarán, no lo dude, en cuanto la suerte le vuelva la espalda.
Bolívar (pensativo): Eso ya lo han hecho con la mayoría de las que me correspondieron por herencia.
San Martín: En eso reside nuestra diferencia, usted nació rico y yo pobre, para usted la buena posición económica le es natural, la da por descontada, en cambio para mí no lo es… ¿Un consejo? No se confíe y asegúrese usted un buen depósito en un banco inglés, una cuenta secreta. Acuérdese de lo que le digo, Simón: nuestro destino es la muerte o el destierro. Contra la primera no hay remedio pero en cuanto al segundo, si al exilio se le suma la miseria el resultado es siniestro.
Bolívar: ¿Usted lo ha hecho?
San Martín (evade la respuesta, fingiéndose distraído en observar alguno de los adornos. Silencio)  Bueno, debo partir. Antes quiero pedirle algo.
Bolívar: Está concedido.
San Martín: Deje en libertad a los patriotas que encarceló antes de que yo llegara.
Bolívar: Lo haré, se lo prometo. Yo también tengo un pedido: José, no renuncie hasta que yo llegue a Lima, aún debo pedir autorización al congreso de Colombia y eso tardará unas semanas
San Martín (muestra la carta que acaba de recibir): Monteagudo ha sido depuesto por un golpe de estado y huyó lejos de Lima, temiendo por su vida. Está claro que eso está dirigido en mi contra.
Bolívar (con desasosiego): Bonito regalo me deja usted.
San Martín: Le dejo la gloria, Simón, y pague el precio que haya que pagar.
(Se abrazan con emocionado afecto. San Martín toma su chaqueta y su sable y sale. Bolívar vuelve a vestir con esmero su uniforme).

TELÓN




Modificado por última vez enMiércoles, 02 Marzo 2016 17:42
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