La Gran Epopeya

La Gran Epopeya rescata un hito hasta ahora silenciado de nuestra historia: el combate de la Vuelta de Obligado. Una gesta que tuvo como protagonistas a Juan Manuel de Rosas y al pueblo argentino con el fin de defender la soberanía nacional ante la prepotencia de los intereses económicos y políticos de Francia e Inglaterra. Por entonces, no era posible imaginar que una pequeña e incipiente nación como la nuestra se atreviera a enfrentar militarmente a las mayores potencias de su tiempo. Sin embargo, esa inesperada defensa de la dignidad del país terminaría con la capitulación de las potencias.

Con este nuevo libro Pacho O´Donnell hace su aporte máximo a una mirada revisionista que ha sabido alimentar con títulos como Caudillos federales y Juan Manuel de Rosas. O´Donnell recupera aquí un hecho soslayado por el relato oficial de nuestra historia y lo hace para posicionarlo como lo que fue, una defensa histórica de nuestra soberanía en la línea de la gesta de Mayo.

La Gran Epopeya se presenta como la obra cumbre de Pacho O´Donnell, una de nuestras voces más críticas y pensantes, un autor que ha sabido rescatar el pasado para resignificar nuestro presente.

 

Fragmento: "La amistad de Don José y Don Juan Manuel"

Nuestra historia oficial nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del general don José de San Martín: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la república Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”. Dicha disposición llevaba fecha del 23 de enero de 1844 o sea que su inspiración fue la guerra contra Francia y no la Vuelta de Obligado, que tuvo lugar casi dos años después de la redacción del legado. Obviamente esta última epopeya habrá reforzado su decisión.  

La cesión del  sable libertador a don Juan Manuel de Rosas despertó acerbas críticas en los enemigos de ambos: “(San Martín) ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones, casi agrestes y serviles, contra el extranjero, copiando el estilo y fraseología de aquél (Rosas), prevenciones tanto más inexcusables cuanto que era un hombre de discernimiento. Era de los que en la causa de América no ven más que la independencia del extranjero, sin importársele nada de la libertad y sus consecuencias. Emitió opiniones dogmáticas sobre guerras muy diversas de las que él conocía tan bien, y de las que no puede hablarse sin estar al cabo del estado político y social, de la actualidad de estos países; de nada de eso estaba él al cabo, el hombre que menos conocía a la provincia de Buenos Aires, era él; puede decirse que estuvo en ella sólo de paso y eso en tiempos remotos; emitió pronósticos fundados en creencias desmentidas por hechos multiplicados. Nos ha dañado mucho fortificando allá y aquí la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a un Rosas, tan luego, su, espada. Esto aturde, humilla e indigna y... Pero mejor es no hablar de esto” (Carta de Valentín Alsina a Félix Frías, 9 de noviembre de 1850).

La relación entre el Libertador y el Restaurador había comenzado años antes y se prolongó a lo largo de años en una epistolaridad teñida de afecto y respeto recíprocos. Ya en 1820 Rosas, un joven estanciero todavía alejado de los asuntos públicos, bautiza una de sus estancias con el nombre de “San Martín”, cuando el Libertador era ignorado o vituperado por sus poderosos enemigos políticos en Buenos Aires. Don Juan Manuel repetirá su gesto adjudicando el nombre de` “Chacabuco” a un campo próximo a Los Cerrillos en el actual partido de San Martín 

Uno de los motivos de la simpatía de San Martín por Rosas fue su temor de que la anarquía fratricida en que se había sumido su patria terminaría por derrumbarla y hacer fracasar la lucha por su independencia en la que él había invertido tantos esfuerzos y sacrificios.  “Conviene en que para que el país pueda existir es de necesidad absoluta que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca de él –escribía el 3 de abril de 1829 a su gran amigo Tomás Guido- Al efecto se trata de buscar un salvador que reuniendo el prestigio de la victoria, el concepto de las demás provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan”. Así  anticipaba, con excepcional lucidez, la irrupción del Restaurador.

De los dos partidos, el unitario o el federal, las simpatías del Libertador se inclinaban hacia el último. Por el obstinado saboteo que sus planes libertarios siempre habían sufrido por parte de Buenos Aires, bajo el dominio político de sus enemigos Alvear o Rivadavia; también porque en su peregrinar por las provincias al frente de sus tropas había aprendido a valorar el coraje y el patriotismo de los caudillos y sus gauchos. Su toma de partido no deja dudas en otra carta a Guido: “El foco de las revoluciones, no sólo en Buenos Aires sino en las provincias, ha salido de esa capital, en ella se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, porque el lujo excesivo multiplicando las necesidades se procura satisfacer sin reparar en medios: ahí es donde un gran número no quieren vivir sino a costa del Estado y no trabajar”.

El 17 de diciembre de 1835, a pocos meses de asumir el Restaurador su segundo gobierno, el Libertador celebra su “mano dura”: “Ya era tiempo de poner término a males de tal tamaño para conseguir tan loable objeto, yo miro como bueno y legal todo gobierno que establezca  el orden de un modo sólido y estable”. Don Juan Manuel es para el Libertador la antítesis de la anarquía y valoriza la despótica tranquilidad que reina en su país: “Sólo ella puede cicatrizar las profundas heridas que ha dejado la anarquía, consecuencia de la ambición de cuatro malvados...”. Y al año siguiente: “Desengañémonos, nuestros países no pueden, al menos por muchos años, regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro: despóticos”.

Rosas le agradece a San Martín su apoyo, que le sirve, gracias al prestigio de éste en Europa, para contrarrestar la acción de no pocos compatriotas que recorren las cancillerías extranjeras buscando aliados para derrocarlo. Le ofrece ser embajador en Perú, cargo que el Libertador rechaza con el pretexto de que eran muchos los lazos que lo unían a Lima y a sus habitantes como para poder desempeñar correctamente tal responsabilidad. También aduce que él es “solo un militar” y que carece de condiciones como diplomático. Algunos historiadores consideran que este rechazo se debió a que San Martín no quiso comprometerse formalmente con el gobierno de la Confederación Argentina. En esa línea está la carta que el 21 de setiembre de 1839 escribe a su amigo Goyo Gómez lamentando  el asesinato del doctor Maza: “Tu conoces mis sentimientos y por consiguiente yo no puedo aprobar cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados del país (...) El gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia”.

Sin embargo el tono predominante de la relación entre ambos fue la cordialidad. Conociendo Rosas  las penurias económicas del exilio sanmartiniano ordenó en 1840 “que se otorgue la propiedad de seis leguas de tierra al Señor General de la Confederación Argentina don José de San Martín”. Y más adelante, sabiéndolo enfermo y necesitado de atención, designaría a su yerno Mariano Balcarce como Oficial de la

Legación de la embajada argentina en Francia, e instruye reservadamente a Manuel Sarratea, embajador, para que exima a Balcarce de residir en París, asiento natural de la representación diplomática, con objeto de no privar al prócer de la presencia y asistencia de su hija Mercedes en Grand Bourg.

San Martín continúa opinando, en su activa correspondencia con Buenos Aires: “En mi opinión el gobierno en las circunstancias difíciles debe, si la ocasión se presenta, ser inexorable con el individuo que trate de alterar el orden, pues si no se hace respetar por una justicia firme e imparcial se lo merendarán como si fuera una empanada, lo peor del caso es que el país volverá a envolverse en nuevos males”.

Y Rosas seguiría correspondiéndole: el 11 de octubre de 1841 el almirante Guillermo Brown, obsecuente, le solicita que lo autorice a designar “Restaurador Rosas” a la nave  capitana de la escuadra de la Confederación, a lo que aquél le responde ordenándole que la nave deberá llamarse “Ilustre General San Martín”. 
Decidido a convencer a don José de no seguir apoyando al Restaurador, seguramente cumpliendo con una misión encomendada por alguna de las Comisiones de exiliados antirrosistas, Sarmiento visitó al Libertador en  Francia y descargó un vendaval de críticas contra la Confederación y su líder. San Martín lo escucha paciente y luego le dice con firme delicadeza: “Ese tirano que los unitarios odian tanto no debe ser tan malo como lo pintan cuando en un pueblo tan viril se puede sostener veinte años. Me inclino a creer que exageran un poco y que sus enemigos lo pintan más arbitrario de lo que es (…)  Y  si todos ellos y lo mejor del país, como ustedes dicen, no logran desmoronar a tan mal gobierno es porque la mayoría convencida está de la necesidad de un gobierno fuerte y de mano firme para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 20 ni que cualquier comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al Gobernador del Estado” (27). Frase ésta que se refería claramente a Lavalle, el jefe del “ejército libertador” que contaba con la simpatía y apoyo de Sarmiento.

El sanjuanino, fracasado en su objetivo, despechado, contaría su versión de la entrevista a su amigo Antonio Abertastain: “(San Martín) ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y se ofusca (…) Hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la vejez; habíamos vuelto a la época presente nombrando a Rosas y su sistema. Aquella inteligencia tan clara en otro tiempo, declina ahora; aquellos ojos tan penetrantes  que de una mirada forjaban una página de la historia, estaban ahora turbios y allá en la lejana tierra veía fantasmas extranjeros, todas sus ideas se confundían”. Es decir que para Sarmiento el apoyo del Libertador a Rosas, que le había sido explicado con admirable lucidez,  era consecuencia de su senilidad; además esos barcos que bloqueaban y cañoneaban no era sino “fantasmas”…

En 1849, con su salud en creciente deterioro, don José recibió la noticia de que en el barrio de Monserrat, donde residía la familia de su difunta esposa Remedios, se impuso su nombre a una importante plaza ubicada entre las calles del Buen Orden (actual Bernardo de Irigoyen), Restaurador Rosas (hoy Alsina), Lima y Monserrat (actual Belgrano)
Una de las últimas cartas que dictó San Martín tres meses antes de su muerte y que firmó con letra temblorosa fue justamente a Juan Manuel de Rosas: “Como argentino me llena de un verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor establecido en nuestra querida  Patria, y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado” (Boulogne-Sur.Mer, 6 de mayo de 1850) (12,72).

Enterado de la muerte del Libertador, don Juan Manuel transmite a Mariano Balcarce, a cargo de la embajada en París por fallecimiento de Sarratea, que disponga el traslado de los restos de San Martín a su patria. Caído Rosas sin que se hubiera cumplimentado su instrucción, los enemigos porteños de San Martín retardarían treinta años la repatriación.