LA INFANCIA DEL CHE

El 14 de junio se cumple el 89º. aniversario de la muerte del Che. Es una buena oportunidad para recordar su infancia en dos de los testimonios que recogí hace algunos años en Alta Gracia, Córdoba, para mi libro “Che, el argentino que quiso cambiar el mundo”

Rosario López, “Rosarito”, lamentablemente fallecida, trabajó como cocinera en lo de los Guevara de la Serna y también fue la niñera del pequeño Ernestito.  

“Muchas veces, cuando Ernestito venía de jugar con sus amiguitos casi no podía caminar, morado por la asfixia,  doblado con la parte superior del cuerpo horizontal, boca abajo, sin poder enderezarse. Era una desesperación. Yo salía corriendo a ayudarlo, a ponerle una silla o a llevarlo al dormitorio, a sentarme con él hasta que se recuperaba algo. Qué quiere que le diga, yo he sufrido al lado de Ernestito. Cierta vez, no lo voy a olvidar nunca, tendría ocho o nueve años, muy serio me dijo: ‘Si el asma sigue atacándome tanto voy a terminar pegándome un tiro’.

“Lo que me admiró en él cuando  entré a trabajar en lo de los Guevara de la Serna era que leía los diarios, corría  rápido para recibirlos, porque en aquellos tiempos se llevaban a las casas, se ponía de rodillas , los extendía sobre el piso y los leía. Y yo me decía,  ¿cómo es esto de que un niño de cuatro años está leyendo el diario? Seguramente me llamaba más la atención porque yo era analfabeta. Había un diarucho que se llamaba “El Mundo”, chiquito como el que viene ahora adentro de  “La Voz del Interior”, y Ernestito cortaba para mí las recetas de cocina, todavía las tengo pegadas en un cuaderno. ‘Tomá para vos que te gusta cocinar’, me decía”.

“El niño tenía actitudes que ya lo marcaban como un fuera de serie. Por ejemplo cierta vez lo veo salir con uno de sus pantalones en la mano, y es de aclarar que no tenía muchos, y cuando le pregunto a dónde lo lleva me responde:‘Son para el ‘negro’ Albornoz que los tiene rotos’. Se los regalaba a uno de sus amiguitos pobres. Y no fue la única vez, varias veces tuvo actitudes como ésa.

“Otro día yo me lamenté por algún motivo que ahora no recuerdo, por algo que nunca iba a tener o hacer. Entonces Ernestito me regañó: ‘Rosarito, nunca digas que algo es imposible, todo lo que te propongas hacer, si te lo proponés seriamente, lo vas a lograr. Hasta podés viajar a la luna, si querés, vas poniendo un cajón arriba de otro y si perseverás al final llegás’. Después se reía y comentaba: ‘Claro que si te resbalás y te caés te vas a pegar un porrazo bárbaro’.

“Sus padres eran buena gente, con mucha personalidad. En Alta Gracia les gustaba ir por las noches al Hotel Las Sierras y los chicos se quedaban conmigo. Eran buenos patrones, trataban bien a la servidumbre. Cierta vez se demoraron tres meses en el pago de mi sueldo porque les habían robado un vagón de yerba, pero después don Ernesto me pagó de más: ‘Por haber tenido paciencia’, me dijo. El dinero no les importaba.

“Me fui de esa casa para casarme y a Ernestito no lo volví a ver hasta algunos años después. Yo debía pasar frente a un colegio y los chicos estaban en la puerta, acababan de salir y tenían esa excitación típica de la salida de clases. Yo tenía miedo de que se burlasen de mí y entonces aceleré mi paso y bajé la mirada. Entonces me percaté de que uno de ellos caminaba a mi lado y me apresté a descargar un carterazo sobre su cabeza. Entonces escucho una voz que me dice: ‘¿Ya no me saludás, Rosarito? ¿Ya te olvidaste e mí?’. Era Ernestito que me sonreía con aquella sonrisa inigualable y me dio un beso delante de los demás chicos.

             Enrique Martín, fue uno de los amigos de infancia del Che.

“Ernesto era muy buen amigo, divertido, siempre tenía ideas y los de la barra lo seguíamos. Poco tiempo después de que los Guevara llegaran a Alta Gracia nos invitaron a su casa. Nosotros no sabíamos si ir porque ellos eran de familia rica, mientras nosotros éramos de  familias humildes, división típica de los lugares de veraneo. Después nos acostumbramos a ir y siempre éramos bien recibidos, nos daban de almorzar o tomábamos la merienda y no importaba si había amigos copetudos de Córdoba capital o de Buenos Aires, nos mezclábamos todos .

“Lo que más lo destacaba a Ernesto era su temeridad. En ‘el paredón de los jesuitas’ hay un remanso del río donde se junta un poco de agua. El se subía a un saliente de piedra que hay a más de cuatro metros por encima y se zambullía. También lo hacía desde un sauce muy alto que ya no está más. Los demás no nos animábamos y estábamos convencidos de que alguna vez se iba a romper la cabeza.

“Los otros biógrafos les han hecho entrevistas a sus amigos ricos, los que venían en las vacaciones de verano o de invierno y algún que otro fin de semana, pero Ernesto vivía todo el año en Alta Gracia y nosotros éramos sus verdaderos amigos: los Vidosa, Chicho y el Negro Albornoz, Oscar Suárez, todos hijos de caseros, Juanchilo Míguez cuyo padre era pintor, mi hermano Leonardo y yo, hijos de taxista, y otros que ahora no recuerdo.

“En el jardín de atrás de los Guevara cavábamos trincheras que reforzábamos con las puertas de alambre que sacábamos del cerco y los mayores hacían guerras tirándose unos frutos duros que parecían higos y que los más chicos les alcanzábamos. Una vez Ernesto asomó su cabeza con tan mala suerte que recibió un proyectil en el ojo que al rato se le puso negro. El padre se enojó mucho y nos retó pero esa misma tarde ya estábamos otra vez tomando el café con leche en su casa.

“Un día vinieron unos pibes que veraneaban allí, a caballo, y nos quisieron atropellar. Uno de ellos era ‘Calica’ Ferrer que después se hizo muy amigo de Ernesto y entonces nosotros sacamos nuestras armas , las gomeras, y los acribillamos a pedradas obligándolos a rendirse. Otra vez Ernesto nos propuso hacer una broma a los Aguirre Cámara, una familia muy distinguida de Córdoba que festejaban la Navidad. Encendió una cañita voladora con tan buena puntería que pasó rozando la mesa volteando copas y botellas. Salieron todos los invitados a perseguirnos pero era imposible alcanzarnos porque éramos muy ágiles y porque conocíamos todos los escondites del pueblo. Otra vez él y Robertito apedrearon un auto verde en que viajaban los curas y fueron a dar a la comisaría del pueblo.

“Los ataques de asma de Ernesto eran muy fuertes y nos asustábamos mucho. A veces lo teníamos que llevar alzado hasta la casa y después espiábamos por la ventana y lo veíamos tendido sobre su cama, inmóvil, blanco y creíamos que estaba muerto. Para salir de dudas lo chistábamos y entonces él movía un poco la mano para convencernos de que todavía estaba vivo”.

Sabido es que de adultos somos lo que las circunstancias, las fantasías, y los deseos ajenos de la niñez hacen de nosotros. En estos testimonios de quienes bien conocieron al Che niño se vislumbran algunas de las características que lo distinguirían en su adultez. Su coraje temerario, su solidaridad y compromiso con los humildes, su confianza en la potencia del deseo, su ansia de saber.

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