VARGAS LLOSA Y EL NACIONALISMO 

En el discurso pronunciado al recibir el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa se refirió a varios temas, entre ellos el del nacionalismo. Cuando se habla o se escribe es inevitable ser autorreferencial y eso es ostensible en alguien que habiendo nacido en Arequipa, Perú, es hoy orgulloso ciudadano español. En su exposición expresó que “los nacionalismos son una plaga” y también “detesto toda forma de nacionalismo, ideología – o más bien religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas”.

Es claro que Vargas Llosa confunde nacionalismo con chauvinismo y fanatismo, que son sus desviaciones patológicas. Lo de los “terroristas suicidas” no es consecuencia del nacionalismo sino de circunstancias políticas, religiosas y culturales que se vienen arrastrando a lo largo de las centurias y que no aceptan reduccionismos simplificadores.

El tema viene bien a cuento porque un nacionalismo sano es un motor positivo en la marcha de los países. Vargas Llosa insiste en que “la patria no son las banderas ni los himnos”, tan opuesto a “La primera virtud es la devoción a la patria”de Napoleón o a “El que no ama a su patria no puede amar nada” de Stendhal. Si bien la patria no son las banderas ni los himnos, la representan y por ello debo confesar que me emociono cuando veo flamear airosamente una bandera argentina o cuando canto el himno en circunstancias especiales. ¿Acaso cuando vibramos en conjunto porque nuestros representantes deportivos obtienen un éxito importante no es una manifestación de nuestro espíritu nacional? ¿Acaso cuando lucimos la camiseta del seleccionado nacional de fútbol no estamos haciendo orgullosa ostentación de nuestra condición de argentinos?

No se justifica la diferenciación entre “nacionalismo” y “patriotismo” porque cuando se lo hace se le está adjudicando a aquel injustificadamente lo negativo del fanatismo y de la intolerancia. En nuestro país confesarse nacionalista suele requerir aclaraciones: “nacionalista pero sin zeta”, “nacionalista pero no de derechas”. Es previsible que ante la mención de esa palabra en nuestro interlocutor se dispare un aceitado mecanismo de cuestionamiento porque ha quedado asociada a gobiernos autoritarios que han utilizado una supuesta “defensa de lo nacional” para justificar su barbarie. Y lo del “ser nacional” ha servido para censurar, torturar, matar. 

¿Qué es ser nacionalista? Lisa y llanamente: amar a su patria. En sentimiento, en pensamiento pero sobre todo en acción. Amar sus paisajes, su gente, su cultura, sus posibilidades.  Empeñarse en hacerla mejor, en comprometerse en salvar sus dificultades, en aportar el granito de arena que le corresponde y hacerlo con alegría, con la seguridad de estar haciendo lo que se debe. Fueron nacionalistas los próceres que ofrendaron sus vidas, sus fortunas o su bienestar en aras de la independencia. También lo fueron aquellos que se comprometieron en la oposición a las muchas dictaduras cívico- militares que enturbiaron nuestra democracia. También lo son aquellas y aquellos que todos los días, con sacrifico y denuedo, cumplen con sus obligaciones familiares y cívicas.

Ello no implica despreciar lo exterior, lo ajeno, eso sería el chauvinismo que Vargas Llosa critica, una perversión del nacionalismo que ha desencadenado guerras y genocidios, aunque como siempre sucede los verdaderos y subterráneos motivos sean económicos. El buen nacionalismo no presupone ser mejor que otros nacionalismos, tampoco cree que su verdad deba ser impuesta a otros. Por el contrario sabe que en lo ajeno hay aspectos positivos que deben ser incorporados para mezclarlo con lo propio y mejorarlo. La glocalización en vez de la globalización.

El buen nacionalista sabe que tiene responsabilidades hacia su patria. Es un patriota, es decir, etimológicamente, pertenece “a la tierra del padre”. Y  los compatriotas son “hijos de un mismo padre”, es decir hermanos. Por ello un buen espíritu nacional compele a la intolerancia hacia la precariedad en el acceso a la salud, la educación, la cultura de tantos hermanos/compatriotas sumergidos en la pobreza, de la que es principal culpable la devastadora corrupción que desde hace mucho tiempo corroe nuestras posibilidades como país, como sociedad y como individuos. ¿Es imaginable una deuda externa como la que nos estrangula de no ser porque quienes la contrajeron y negociaron estaban más atentos a sus intereses personales que a los patrióticos?. ¿O la venta a precio vil de empresas públicas estratégicas? ¿O la sujeción a las perjudiciales decisiones de organismos financieros internacionales? 

Son ominosas pruebas del desamor hacia lo que debería ser amado. 

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