VALLE: LA DIGNIDAD ANTE LA MUERTE

Los fusilamientos de Manuel Dorrego y de Juan José Valle marcaron momentos críticos de nuestra historia y las consecuencias, en ambos casos, fueron ominosas: el intento de exterminio de gauchos federales a cargo de Lavalle, Rauch, Estomba y otros exaltados por nuestra historia oficial que dieron pie a la consigna de “salvajes unitarios” en el primer caso, y en el segundo la represión genocida que culminó apocalípticamente con la dictadura del Proceso.   

En los primeros días de junio de 1956 se desató una sublevación militar en contra del gobierno golpista de Aramburu y Rojas. El propósito era forzar el regreso a la constitucionalidad y la recuperación de los beneficios para la clase trabajadora obtenidos durante el peronismo.

Conjurada la rebelión el jefe de la misma, general Juan José Valle, se entrega con la falsa promesa de que su vida será respetada y también la de los otros complotados. Es entonces cuando se le comunica que será fusilado en la ex penitenciaría de Las Heras y Coronel Díaz, en la Capital Federal. En esos últimos momentos, lo mismo hará Dorrego,  escribe conmovedoras cartas a su esposa y a su hija. También a Aramburu, que reproducimos fragmentariamente: 

“Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente (...)

“Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija a través de sus lágrimas verán en mi un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen o les besan será para disimular el terror que les causan.

“Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones.”

“La palabra "monstruos" brota incontenida de cada argentino a cada paso que da.”

“Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las instituciones y templos y personas (…).

“Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo.

“Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método solo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes.”

“Como cristiano me presento ante Dios que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos, no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conocerá un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable”.

“Así como nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos”.

Ese postrer deseo parece un conmovedor eco de la carta que Dorrego, a pocos minutos de su muerte, escribiera al caudillo santafesino Estanislao López, su sucesor como jefe del federalismo: “Ignoro la causa de mi muerte, pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Cese Ud. de mi parte todo preparativo. Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre”.  

Lamentablemente Valle y Dorrego se equivocaron en tan nobles y compartidos deseos pues sus asesinatos dieron paso a épocas de fratricidios sangrientos.  

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