EL REVISIONISMO HISTÓRICO

La historia oficial, que a lo largo de los anos ha ido cambiando de nombre e incorporando metodologías pero sigue siendo en esencia la misma que fundaron Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, es la que escribieron los vencedores de las guerras civiles del siglo XIX y su espíritu no pudo sino reproducir la ideología oligárquica, porteñista, liberal en lo económico y autoritaria en lo político, antihispánica y anticriolla de aquellos cuyo proyecto de país estaba resumido en el dilema sarmientino entre “civilización”, lo europeísta-porteño, y “barbarie”, lo criollo-provincial. 

Estaban convencidos del país que querían y lo llevaron adelante sin reparar en medios. Guiados por abstracciones importadas como “civilización”y “progreso” cuyas acepciones poco y nada tenían que ver con lo nacional, diseñaron una sociedad a  imagen y semejanza de las naciones poderosas de la época y copiaron sus instituciones y sus cartas magnas sin reparar que ellas respondían a circunstancias e idiosincrasias ajenas a las raigalmente nuestras. Pero, esencialmente, se propusieron que la Argentina, su clase dirigente, pensara, creara y actuara como británicos en primera instancia, aunque incorporando también influencias francesas en lo cultural. Años más tarde el espejo serían los Estados Unidos a medida que se fueron consolidando como potencia dominante. Para ellos civilizar fue desnacionalizar. De allí nuestras costumbres, nuestros gustos, nuestra arquitectura, nuestros deportes, nuestros vicios. Nuestra historia.   

Para llevar a buen puerto ese proyecto de organización nacional consideraron imprescindible renunciar a lo criollo y a lo hispánico que constituían la identidad medular de lo argentino. Comenzar de cero, imaginando haber nacido del otro lado del océano. O en el hemisferio norte. Sus ideólogos, en especial Sarmiento y Alberdi (éste antes de su conversión y de su conflicto con el sanjuanino), bregaron por la transformación de la Argentina en lo que no era pero que ellos consideraron que debía ser. Debieron enfrentar una dificultad supina: sus habitantes, la plebe, según su concepción, no servían para el proyecto “civilizador”. No olvidaban que era contra ellos que habían combatido a lo largo de los años de guerras civiles pues los criollos, los indios, los gauchos, los mulatos, los orilleros habían sido leales, en su inmensa mayoría, a quienes representaron sus intereses ante el despotismo porteño: Artigas, Dorrego, Rosas, Ramírez, Peñaloza, Felipe Varela. Todos ellos, vale apuntar, de finales trágicos 

Es conocida la terrible condena sarmientina: “No trate de economizar sangre de gauchos, es un abono (de la tierra) que es preciso hacer útil al país” (Carta a Bartolomé Mitre del 20/9/1861). Pero no se trató de un exabrupto pues insistiría en 1866, en un discurso en el Senado: "Cuando decimos “pueblo” entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara  ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir, patriota". Eran los unitarios de siempre que ahora se habían rebautizado como “liberales”.

Pero es el menos impulsivo Alberdi, el ideólogo e intelectual más influyente de su época, nada menos que el redactor de nuestra Constitución Nacional, quien hará más transparente esa tendencia a descalificar lo autóctono en desmedro de lo extranjero, dominante hasta nuestros días. Nada menos que en el texto de “Las Bases”, en el que nuestra Constitución sería un apéndice,  escribió: “Es utopía,  sueño y paralogismo puro el pensar que nuestra raza  hispanoamericana , tal como salió formada de su tenebroso pasado colonial, pueda realizar hoy la república representativa”. Don  Juan Bautista no tendrá empacho de referirse a una “raza”degradada a la que habría que remplazarla por otra mejor, la anglosajona: “Ella está identificada al vapor, al comercio, a la libertad, y nos será imposible radicar estas cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esta raza de progreso y de civilización” . Es este concepto la clave de las políticas inmigratorias de nuestra “clase decente’, como se llamaban a sí mismos: sustituir la raza insubordinada y por ende descartable por otra mejor, más maleable a partir de su necesidad de encontrar un lugar al sol lejos de sus hogares. El problema fue que no vinieron los rubios, altos y de ojos claros del norte de Europa sino los morochos retacones del sur, algunos de ellos con ideas anarquistas. 

Alberdi se esmeraría por aclarar aún más sus ideas: “Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción: en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente”. Se explayará también en consejos que aún hoy tienen dramática vigencia: “Proteged empresas particulares para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo favor imaginable sin deteneros en medio (…) Entregad todo a capitales extranjeros. Rodead de inmunidades y de privilegios el tesoro extranjero para que se naturalice entre nosotros”. 

Porque no se trataba de hacer un país confortable para las grandes mayorías sino acomodarlo a las necesidades de los poderosos: “Hemos de componer la población para el sistema de gobierno, no el sistema de gobierno para la población (...) Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces para la libertad” (Sarmiento). He aquí la razón de fondo de la política educativa que planearon y llevaron adelante el sanjuanino, Avellaneda y otros. Libertad debe traducirse aquí como liberalismo autoritario, no el que pregonaba Adam Smith. 

Un personaje extraordinario, Bartolomé Mitre, un intelectual de acción, no fue sólo el jefe civil y militar que condujo la organización nacional bajo este signo sino que además escribió la historia que la justificaría. Nadie puede criticarlo por hacerlo, estaba convencido de lo que pensaba y hacía y, a diferencia de otros, puso el cuerpo y puso la pluma. Son criticables en cambio aquellos que consideran sus textos y los encumbramientos y los anatemas que los habitan, inevitablemente condicionados por circunstancias y propósitos,  como revelaciones sagradas y reaccionan destempladamente ante críticas u observaciones. Estoy seguro de que Mitre no sería tan “mitrista” como dichos personajes… Pero es de reclamar también de parte de no pocos revisionistas capacidad de diálogo tolerante para sostener un esclarecedor debate todavía ausente. 

Fue muy claro que la historia servía y sirve a los propósitos del porteñismo “civilizador”. Después de Caseros cuando en Buenos Aires se debatía la posibilidad de hacerle un juicio a Rosas el diputado

Emilio Agrelo propuso que no hubiera posibilidades de revisión: “No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia.¿Qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo sirvió? ¿Qué el General San Martín le legó su espada? ¿Qué grandes y poderosas naciones se inclinaron a su voluntad? ¡No, señores diputados! ; debemos condenar a Rosas y condenarlo en términos tales que nadie quiera mañana intentar su defensa”. De la misma índole había sido el consejo de Salvador María del Carril en 1829 a Lavalle: “Fragüe el acta de un consejo de guerra para disimular el fusilamiento de Dorrego porque si es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos".  Terminaba urgiéndolo a hacer desparecer la prueba de su villanía: “Cartas como éstas se queman”. 

Luego de la tragedia de Navarro los unitarios se lanzaron al exterminio del gauchaje federal. Dicha matanza se repitió, amplificada, cuando, luego de que Urquiza entregase a Mitre el triunfo en Pavón, los porteños organizaron el ejército nacional que fue lanzado a las provincias para ocuparlas y desalojar a sus gobernantes federales. Además, bajo el mando de los crueles coroneles uruguayos, Arredondo, Paunero, Flores y Sandes, se castigó ejemplarmente a todo aquel que no se sometiera al proyecto porteñista, iniciándose una salvaje cacería de los caudillos resistentes a tanta prepotencia. 

Citemos nuevamente al locuaz Domingo Faustino: "Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier número que sean" (año 1868). "Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos”. No es aventurado el cálculo de que en los quince años posteriores a Pavón murieron la mitad de los gauchos de la  campaña. 

La propuesta fue más allá del aniquilamiento físico y apuntó a la extirpación cultural, también psicológica, de todo aquello que oliera a plebeyo y nacional, identificado con barbarie, y lo hispánico, homologado a decadencia. Se estableció así una condición esencial de la dependencia argentina de intereses ajenos a los patrióticos en complicidad con su dirigencia política y económica. Mecanismo automático que funciona a nivel colectivo, en cada argentina y argentino, y se activa sin que se tenga conciencia de ello pues está muy arraigada en nuestra cultura, más aún: en nuestro psiquismo, que lo culto, lo civilizado, lo deseable es lo exógeno. Una manifestación de ello es la autodenigración, exacerbada en publicaciones y documentales empeñados en ensalzar nuestros fracasos e incompetencias. 

Ese diseño es el que se prolonga hasta nuestros días, con las variaciones impuestas por épocas y circunstancias, y a su calor se desarrolló la historiografía que le era funcional, sustentada por ceremonias escolares, marchas patrióticas, libros de texto, cátedras universitarias, academias  y el dominio de los mecanismos de prestigio y de financiación.  

Contra esa versión tendenciosa surgió en el pasado el “revisionismo histórico” cuyo primer antecedente puede encontrarse en el Juan B. Alberdi que había regresado del elitismo: “En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales Mitre, Sarmiento o Cía, han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje” (“Escritos póstumos”). 

Luego sería el turno, a finales del siglo XIX, de Adolfo Saldías, integrante de la elite que gobernaba al país desde el Club del Progreso y el Círculo de Armas quien se propuso escribir una biografía de Juan Manuel de Rosas sobreentendiéndose que por su pertenencia de clase sería un aporte más a la campaña denostatoria que aún  hoy oscurece la memoria del Restaurador. Pero Saldías lo hizo con seriedad y honestidad historiográfica y para ello acudió al archivo de “La Gazeta” y otras publicaciones de la época, a los testimonios y a las memorias de contemporáneos del biografiado y, decisivamente, contó con el archivo de Rosas que le facilitó en Southampton su hija Manuelita. El resultado fue un texto de fundamentada ecuanimidad cuyo título no refería a la “tiranía” sino a la “Historia de la Confederación Argentina”. La reacción de sus pares fue indignada y el libro fue condenado al silencio y su autor sufrió el desdén y el aislamiento. 

A Saldías lo seguiría en 1930 Carlos Ibarguren con “Juan Manuel de Rosas, su vida, su obra, su tiempo” que insistió en la figura nacionalista y populista del Restaurador, jefe del bando perdedor, como el símbolo antagónico, independientemente de sus defectos y virtudes, de la dirección que habían tomado los asuntos de nuestra patria. Y cuatro años más tarde los hermanos Irazusta dieron a luz una obra fundamental, “Argentina y el imperialismo británico”, concebida en el clima de indignación provocada por el pacto Roca-Runciman. 

Desde sus inicios pueden detectarse un “revisionismo de derecha” y “un revisionismo de izquierda”. El primero pondrá el énfasis en el Rosas amante del orden, defensor de la soberanía nacional, aferrado al catolicismo en contra de la difundida masonería de su época. El segundo es representado por quienes compartían la opinión de la columna vertebral del revisionismo progresista, José María Rosa: “El gobierno de Rosas puede llamarse socialista. La Confederación Argentina con su sufragio universal, igualdad de clases, fuerte nacionalismo  y equitativa distribución de la riqueza era tenida como una verdadera y sólida república “socialista” adelantada al tiempo y nacida lejos de Europa”.      

Uno de los cuestionamientos del revisionismo nacional, popular y federalista a la versión consagrada es que en ella, contaminada del elitismo doctrinario de quienes la escribieron, nuestra historia parece determinada por los “grandes hombres” ignorándose el protagonismo de la “chusma” en las vicisitudes nacionales. Es ésa la crítica que el provincianista Dalmacio Vélez Sarsfield le formula a Mitre a raíz de su biografía de Belgrano imponiéndole que el verdadero protagonista de la campaña del Ejército del Norte fue la “plebe” y no aquel intelectual brillante que aborrecía los asuntos de la guerra. También es claro que esa Revolución de Mayo en la que supuestamente habrían participado solo los “decentes” españoles y criollos no explica por qué de los 450 invitados por los vireynales al cabildo Abierto del 22 concurrieron sólo la mitad, circunstancia decisiva en los acontecimientos posteriores. Y sólo puede ntenderse si se incluye la partcicpación popular en aquellas jornadas, por ejemplo el hecho de que el grupo e choque “Lso Infernales”que respondía a French y berutti se instaló en los accesos a la plaza y sólo dejó pasar a los que traían un distinto o escarpela blanca que los odenetificabna como favorables a la caída de Cisneros. 

Por ello fue inevitable que los jefes populares como Rosas, los caudillos provinciales y altoperuanos, Dorrego, Artigas, Guemes, también el Alberdi final, el Pellegrini industrialista o el Sáenz Peña  americanista, asimismo el populismo antiimperialista de Irigoyen y de Perón queden postergados o jibarizados en la historia oficial a expensas de la exaltación de aquellos funcionales al proyecto desnacionalizador, porteñista y autoritario como Rivadavia, Sarmiento, el Alberdi inicial, el Urquiza de Caseros, la Generación del Ochenta, Roca .

J.J. Hernández Arregui, en su “Imperialismo y cultura”,  daría  una nómina  de revisionistas aunque, señala con ironía, “a algunos no les guste verse en la misma lista”: Scalabrini Ortiz, Jauretche y otros integrantes de FORJA, Doll, Cooke, los hermanos Irazusta, Ibarguren , Palacio, Castellani, por supuesto José María Rosa, incluyendo también a revisionistas socialistas como Puiggros, Astesano, Ugarte, Spilimbergo, Ramos.

Aprovechando la ola antipopular provocada por el golpe militar de 1955 que también sepultó al revisionismo y a sus representantes, la historia oficial se recicló rebautizándose como “historia social” que incorporaría criterios y tecnologías actualizadas en un cambio cosmético sincerado por uno de sus principal ideólogos, Halperín Donghi   quien afirmó en su “Ensayos de historiografía” que dicha corriente se proponía “ilustrar y enriquecer, pero cuidando de no ponerla en crisis , a la línea tradicional”, es decir que se trata de una historia oficial modernizada.  También  Galasso, quien acusaría a dicha corriente de ser visceralmente antiperonista y antipopular la definió como “ una versión más elaborada, más “científica”, menos ingenua que la vieja historia fabricada después de Pavón, bajo la cual se resguardan los viejos íconos”. 

Alertados los conservadores liberales sobre el “peligro”que entrañaba la revisión histórica y el consiguiente encumbramiento doctrinario de los jefes populares homologables con el peronismo, el golpe de 1955 condenará de allí en más a los revisionistas a un ostracismo que hasta entonces no había conocido, pues, como lo señala Alejandro Cataruzza, antes de entonces artículos de Ernesto Palacio y Julio Irazusta fueron aceptados en “Sur” de Victoria Ocampo, Carlos Ibarguren sería Presidente de la Academia Argentina de Letras y recibiría el Premio Nacional por su biografía de Rosas en 1930, en tanto Irazusta fue distinguido en 1937 con el Premio Municipal de Literatura. 

La situación de marginación que persiguió a los revisionistas hasta nuestros tiempos  quedó dramáticamente evidenciada  cuando hace pocos meses ninguna autoridad gubernamental ni representante de los cenáculos académicos  o universitarios se hicieron presentes en el velatorio de Fermín Chávez, autor (con la colaboración de E. Manson, J.Sulé y J.C.Cantoni) de los cuatro tomos que completaron dignamente los once de la magnífica “Historia Argentina” de José María Rosa.      

Será también Halperín Donghi, desde hace décadas instalado en Berkeley, quien se obstinará en declarar “decadentista” al revisionismo, denunciando que se trata de “una empresa a la vez historiográfica y política”. Así en  “La historiografía argentina en la hora de la libertad” publicado en “Sur”en noviembre de 1955, artículo que ya en el título desnudaba su intencionalidad, Halperín Donghi señalaba que en “la tentativa de crear una cultura y una historiografía consagradas a la mayor gloria del régimen, el peronismo había hallado apoyos en los revisionistas”. 

Las postulaciones revisionistas nada tienen que ver con los chismes “amarillistas” sobre la vida privada de los próceres ni tampoco la historia deformada para tener rating en los medios masivos. Tampoco las arengas demagógicas como arrasar con los monumentos a Roca (¡hay tantos monumentos, avenidas, plazas destinadas a exaltar injustificadamente a los benditos por la historia oficial!), o exaltar hasta la leyenda al apocalíptico Solano López o a los anarquistas violentos de principios del siglo XX. 

Revisar la historia consagrada obliga a rescatarse de la inducción de lo aprendido y pensar(se) desde una perspectiva propia que supere el desprecio culterano por lo popular, lo criollo, lo hispánico y lo religioso, elementos fundamentales de lo nacional,  y que no se fundamente en la idealización y mimetización con lo foráneo, empeño que la globalización al servicio del astuto poder planetario ha llevado hasta el saqueo de la intimidad psicológica . El forjista Jauretche, cuando dichos mecanismos no eran todavía tan alienantes, se refirió a ello: “Fue una labor humilde y difícil, porque tuvimos que destruir hasta en nosotros mismos, y en primer término, el pensamiento en que se nos había formado como al resto del país y desvincularnos de todo medio de publicidad, de información y de acción pues ellos estaban en manos de los instrumentos de dominación, empeñados en ocultar la verdad”. La tarea no es fácil, por momentos desanimante: “Todo escritor nacional ha experimentado alguna vez la sensación de un muro que lo asfixia y la interrogación concomitante acerca de si la lucha empeñada tiene un sentido que la justifique” (Scalabrini Ortiz). Porque el principal obstáculo no está afuera sino principalmente en el interior de nosotros mismos, modelados psicológica y culturalmente de acuerdo a los aparatos ideológicos del estado liberal-autoritario nacido después de Pavón y exacerbado por la evolución mundial hacia un fundamentalismo capitalista. Y la historia oficial es uno de los principales, y más prematuros pues opera desde la preescolaridad, de dichos mecanismos. Es por ello que el interés por el revisionismo se galvaniza en etapas en que el dominante sistema social, económico y político es fisurado por las crisis y pierde algo de su consistencia, como sucedió en los 30 y al principio de este siglo. 

Se cuestiona la envergadura académica del revisionismo como si alguna academia de la historia nos hubiera abierto sus puertas. El único que alguna vez dejaron entrar fue el fallecido Guillermo Furlong, como diría Eduardo Rosa, “tal vez porque su sotana de jesuita no dejaba ver su cachiporra de nacionalista”. Asimismo la supuesta debilidad investigativa no puede aislarse de la circunstancia a todas luces evidente que son los sostenedores de la historia oficial o social los que campean en cátedras, becas y subsidios. Cabe aclarar que ningún prejuicio existe contra las serias y honestas investigaciones historiográficas llevadas a cabo por quienes no se identifican con el revisionismo; lo que cava la diferencia entre las corrientes en disputa es la interpretación que de ellas se hace.

También está difundida la pretendida descalificación a los cuestionadores de la historia consagrada por “hacer política”, aproximándose peligrosamente al lenguaje macartista del Proceso. Ello es negar, por ingenuidad o malevolencia, la fuerte pregnancia ideologizante de la historia oficial porque, por ejemplo, si honramos al Rivadavia del préstamo Baring, la Famatina Mining y el Banco de Descuentos con la avenida más larga del mundo, ¿ qué castigo pueden temer los economistas que nos endeudaron corruptamente a lo largo de gobiernos militares y constitucionales como lo demostró ese patriota moderno que fue Alejandro Olmos?.

Es cierto que el peronismo y el revisionismo establecieron un vínculo vigoroso sostenido en sus puntos comunes pero es de recordar que, al igual que los integrantes de FORJA, los revisionistas se anticiparon al 17 de octubre y podría irse más allá afirmando que prepararon el terreno. Pero también es cierto que no todos los revisionistas simpatizaron con el peronismo y no faltaron quienes se alinearon en la oposición activa. Perón, quizás por no abrir otros frentes con el conservadorismo liberal de la clase dominante, no apoyó abiert5amente al revisonismo, como quedó demostrado cuando llegó el turno de bautizar a las líneas férreas estatizadas eligiéndose, además de los indiscutibles San Martín y Belgrano, a lo próceres tradicionales: Sarmiento, Mitre, Roca. Sin embargo lo fue cuando ensalzó a San Martín imponiendo el Año del Libertador General San Martín en 1950, centenerazo de su muerte en el destierro de Grand Bourg  

El revisionismo, en su versión nacional y popular, cobró vigor cuando el objetivo del regreso de Perón al poder apeló a la memoria de los caudillos como sustento de la acción contra las sucesivas dictaduras militares y gobiernos pseudo constitucionales. “(La estrategia peronista) consistía en entramar su propio pasado con la historia de la nación desde el momento fundacional, pero esta vez proponiendo una genealogía que lo emparentaba con los perseguidos, los derrotados (los caudillos en particular). En esta visión ellos se alzaban una y otra vez para proseguir un combate más que secular, que era el de la nación entera, contra las minorías del privilegio que usurpaban el gobierno aliadas a alguna potencia extranjera”(A. Cataruzza).       

El radicalismo, en cambio, salvo excepciones, no se pronunció a favor del federalismo a pesar de que su bandera lleva el color blanco del gran partido rioplatense que se enfrentó al porteñismo oligárquico, y el rojo del rosismo, afiliación que costó la vida en la horca del padre mazorquero de Leandro N. Alem.      

Una institución fundamental en el desarrollo revisionista fue el Instituto de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas” fundado en 1938 por Manuel Gálvez, Ramón Doll, los hermanos Irazusta, Ernesto Palacio y otros. Entre sus presidentes se contaron Carlos Ibarguren, José María Rosa, John William Cooke. En la difusión fue importante la actividad de editoriales como “Peña y Lillo”, “Sudestada”, “Teoría”, también otras relacionadas con la izquierda nacional como “Octubre” y “Coyoacán”.

El revisionismo privilegia el tema de la dependencia como clave de la interpretación histórica, punto de confluencia, según Jorge Sulé, de sus distintas corrientes. Ello también merecerá la insólita crítica de la estrella de la historia social u oficial: “Quejarse de la dependencia es como quejarse del régimen de lluvias. No es necesario explicar entonces por qué no hablamos más de ella” (Halperín Donghi  en “Punto de vista”, 1993). El perseverante tema de la dependencia en tiempos globalizados en que los límites entre países han sido arrasados por las transnacionales y las operaciones financieras digitalizadas requiere de los revisionistas de hoy la superación de sus condiciones de marginalidad para encarar una urgente tarea de actualización. Deberemos tener en cuenta, por ejemplo, modernos obstáculos para acceder a una sólida construcción identitaria, indispensable para el reconocimiento de un pasado propio y diferenciado, como los descriptos por Bauman al referirse a la “vida líquida” caracterizada por la precariedad y la incertidumbre que obliga  a recomenzar siempre: “Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas”. Las convicciones y los marcos referenciales son entonces tan evanescentes como los objetos que son comprados para ser prontamente considerados desperdicio y ello atenta contra las afirmaciones nacionales antitéticas de la globalidad indiferenciante. “Los miembros de la sociedad –explica Bauman– buscan desesperadamente su ‘individualidad’, ser un individuo. Esto es, ser diferente a todos los demás. Sin embargo, si en la sociedad “ser un individuo” es un deber, los miembros de dicha sociedad son cualquier cosa menos individuos, distintos o únicos”. Ser un “individuo”, entonces, significa ser idéntico a todos los demás. Por ejemplo, aceptar la historia tal como nos la han impuesto por interés, por ignorancia o por miedo a ser distintos. La amenaza es la marginación, no pertenecer a la sociedad individualizada. En el campo historiográfico, no ser tenido en cuenta para sitiales académicos, cátedras, empleos, becas, subsidios, viajes. Por ello es comprensible que jóvenes historiadores elijan conciente o inconcientemente no apartarse de lo establecido para poder profesionalizar su vocación. Aunque en los últimos tiempos he conocido quienes no se sienten en la obligación de embanderarse con uno u otro bando y buscan una síntesis enriquecedora. Bienvenidos sean. Quizás logren aquello de lo que algunos, embarcados en la aspereza de la confrontación historiográfica, no hemos sido capaces.

A partir de la crisis del 2001 que arrasó con tantas convenciones vacías y que mostró la faz más tenebrosa de la globalización, hizo que “ganara la calle” el interés de muchos de comprender su presente a partir de una historia que nos mire desde lo que nos es propio, desde lo nacional y lo popular, que no deforme ni retacee, y entonces asistimos a un nuevo empuje del revisionismo, que algunos bautizan de neo-revisionismo. Ello es paralelo con el surgimiento de movimientos de corte nacionalista, criollista y populista, antineoliberales, en varios países latinoamericanos como Venezuela, Bolivia, Ecuador, que proclaman un espíritu americanista que alentó Bolívar, pero entre nosotros también San Martín, Artigas, Dorrego, Felipe Varela, Roque Sáenz Peña y Perón entre otros.

Me cabe la satisfacción de haber sido, más allá o mas acá de mis intenciones, el iniciador de la renovada puesta en superficie de la historiografía alternativa con la publicación en 1997 de mi “El grito sagrado”, el primero de la serie “La historia argentina que no nos contaron”, que fue comprado por más de 100.000 lectores. Los exitosos primeros de Lanata y Pigna son posteriores, de 2002 y 2004 respectivamente. A propósito: se suele agruparme con Jorge y con Felipe, que nunca se reivindicaron como revisionistas, no por razones historiográficas en las que disentimos en varios niveles, sino por insólitos motivos relacionados con  ¡cifras de ventas!. 

Pero el mayor mérito es de quienes callada pero vigorosamente mantuvieron vivas a lo largo de años la letra y el alma del revisionismo, entre ellos los nucleados en el sitio “Pensamiento Nacional” de Eduardo Rosa, Pancho Pestanha, Luis Launay y otros. Asimismo es de destacar la persistencia del Instituto “Rosas” y su revista. Tampoco puede obviarse a Enrique Oliva, Eduardo Luis Duhalde y Hugo Chumbita, también a un revisionista marxista como Norberto Galasso. 

Lo que unía y une a los revisionistas  es lo que en “Política Nacional y Revisionismo Histórico” expresó Arturo Jauretche:  “Véase entonces la importancia política del conocimiento de una historia auténtica; sin ella no es posible el conocimiento del presente y el desconocimiento del presente lleva implícita la imposibilidad de calcular el futuro, porque el hecho cotidiano es un complejo amasado con el barro de lo que fue y el fluido de lo que será, que no por difuso es inaccesible e inaprensible”. 

Es que no puede construirse un futuro venturoso sobre la base de un pasado falsificado.

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