DEBATIENDO SOBRE EL CHE

El artículo del señor Ghiretti padece de un pecado original: su autor se basa en la lectura de sólo dos libros, el informe del Che sobre la campaña en el Congo y el texto sobre dicha experiencia de  Taibo, Escobar y Guerra, como se desprende la sincera bibliografía que remata el texto. Es por eso que se le escapan ciertos datos fundamentales: el Che decide viajar al Congo cuando su situación en Cuba se ha enrarecido por su conflicto con importantes sectores del gobierno de Castro, fieles a las consignas de Moscú, que desconfían de la independencia de acción y pensamiento de Guevara, como lo había demostró en la conferencia de Argel en que denostó la actitud de la Unión Soviética hacia las naciones menos desarrolladas de su órbita planteando la entonces original hipótesis que la división entre naciones no se basa en lo ideológico sino en su condición de ricas y poderosas de un lado y pobres y periféricas por el otro.

Tampoco parece estar enterado Ghiretti que durante la campaña congoleña sucedió algo que marcó fuertemente las acciones futuras del Che, sobretodo la discutible decisión de embarcarse en la campaña boliviana:  su conflicto con Fidel debido a que en el Primer Congreso del Partido Comunista Cubano el líder cubano leyó la carta que el Che le había dejado con la condición de hacerla pública sólo en caso de su muerte. Pero Castro necesita disipar la acción psicológica que las agencias internacionales occidentales llevaban a cabo adjudicándole la supuesta muerte de Guevara y asociándola con la de Camilo Cienfuegos. En dicha carta el argentino hacía renuncia a sus cargos en el gobierno y en el partido y, sobretodo, a la nacionalidad cubana. Es por ello que el Che siente, decide, alejado ya del Africa, que nunca más regresará a Cuba. Son esas las razones de esas cartas de Castro encendidas en lo que Ghiretti llama “recursos persuasivos” de toda índole  en las que trata de convencer al Che de regresar a La Habana y que Ghiretti transcribe sin comprender sus sentido y malinterpretándolas. 

Sobrevuela el artículo que comentamos la intención manifiesta de descalificar a Guevara. Por ejemplo cuando se atreve a escribir, aunque lo pone en otra boca, que el Che “sólo se trata de una foto” y afirma que la celebérrima de Korda reflejaba “un intrascendente retrato de grupo” manipulada en la editorial Feltrinelli. La instantánea de marras, y Ghisetti cede a la tentación de menoscabar a Korda como fotógrafo “de cabarets habaneros”, fue un retrato en primer plano de un Guevara serenamente indignado y férreamente decidido durante el multitudinario acto de repudio por la voladura a cargo de hombres rana de la CIA del barco “Le Coubre” que, se supone, traía armas para el gobierno cubano. La fascinante historia de esa imagen puede leerse en mi biografía de Guevara.  

No terminan allí los embates de Ghisetti y recuerda “las desopilantes” acciones de James Bond y califica de “tonos hollywoodenses” la modificación del aspecto del Che previa a su viaje al Congo, con prótesis mandibular, canas teñidas y calva pronunciada, sin advertir que la clandestinidad era inevitable para que pudiera moverse por el mundo sin ser identificado  una de las personas más celebres de su tiempo y una de las más fotografiadas y filmadas.

También el autor critica que Guevara propusiera que los combatientes debían comenzar “dejando todo lo que constituía su vida  y sus afanes como perdidos ya, y sólo deben hacerlo aquellos con una entereza revolucionaria muy superior a lo normal”. Ghisetti opina entonces que esto demuestra que el Che “ignoraba olímpicamente el papel de los ideales en la vida humana, poniendo de manifiesto un conocimiento de la naturaleza del hombre cercano a la nulidad”. Lo que al autor se le escapa es que para Guevara y los que fueron, son y serán como el, su ideal es la Revolución y por ella renunció a la vida familiar, a las alfombras rojas, al bienestar económico, a la vida muelle. ¿Acaso no hicieron lo mismo Mariano Moreno y Manuel Dorrego? ¿Belgrano y San Martín? ¿Acaso Jesucristo, cuando le avisan que su madre y hermanos lo esperan en la puerta, recorre con  la mirada a sus discípulos y dice que no acudirá porque  ellos son ahora su familia? 

El meollo del artículo que comento es “esperar que las revelaciones sobre la campaña del Congo tengan similares efectos demitificadores en la figura de Ernesto Guevara”, frase que muestra con franqueza lo que anima a su autor. Se equivoca porque el mito de nuestro compatriota no se sostiene sobre su talento de estratega, ciertamente cuestionable,  sino en el despliegue épico de su vida, en su principismo, en su coraje, en su honestidad.  Y es la devaluación que de estos valores hace la sociedad de hoy lo que mantiene la vigencia de quien los representa en grado humanamente insuperable. 

Lo cierto es que no hay en el artículo de Ghisetti ninguna revelación desconocida para quienes hemos ahondado en la vida y obra del Che. Consiste en una larga y bien escrita exposición de los errores y dificultades de Guevara en el Congo, el insuficiente diagnóstico de la situación política del país africano, la barrera idiomática, la desconfianza de los africanos hacia los cubanos, la imposibilidad de comprender y aceptar hábitos extraños, la penuria de ser blanco entre negros, la escasa pasión revolucionaria de jefes y guerrilleros congoleños, la “congolización” de los cubanos que acompañaron al Che, etc. Pero todos esos defectos fueron apuntados por el mismo Guevara en su autocrítica lúcida e inmisericorde, tanto que comienza sus “Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo” con una frase que todo lo dice y que haría innecesaria toda sobreabundancia: “Esta es la historia de un fracaso”. Más aún, el libro está dedicado a uno de sus colaboradores más queridos, y con él a los demás cubanos muertos combatiendo en suelo africano: “A Bahaza y sus compañeros caídos, buscándole sentido al sacrificio”.  

Esa búsqueda de sentido la emprendió Guevara en Praga, donde buscó refugio luego de su salida del Congo. Allí vivió varios meses, recluido en una habitación humilde, tratando de pasar desapercibido para la CIA y también para el KGB, ambos detrás de sus pasos con las peores intenciones. ¿Qué hizo durante ese tiempo, iluminado por una tenue bombilla que colgaba desnuda desde el techo? Escribía. Escribió obsesivamente lo que sin duda eran sus reflexiones sobre la dolorosa experiencia reciente, sobre las razones del fracaso. También, dado que eran tiempos de crisis con el gobierno de Cuba, no habrán faltado comentarios y juicios al respecto.

Ese “diario de Praga”, que sin duda existió porque Guevara dejó testimonio escrito de todos los días de su vida, falta. Es casi seguro que fue retenido por el gobierno de Castro quien siempre se arrogó el derecho a dar a conocer o esconder escritos del Che cuando lo considera políticamente conveniente,  y de purgarlos si “fuese necesario”. Ello trasunta del párrafo en la primera página de “Pasajes…” en que se agradece a Fidel por su “revisión minuciosa de este documento”, tarea que parece haberle llevado mucho tiempo pues fue dado a conocer recién en 1998, ¡ treinta y dos años después!.

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