KIRCHNER, RIVADAVIA, ROCA Y PERÓN vs LA IGLESIA

Las elecciones misioneras demostraron que ni Kirchner ni Rovira leen historia porque de hacerlo hubieran sabido que la Iglesia, a la larga o a la corta, más frecuentemente a la larga, ha salido siempre invicta de sus conflictos con el poder temporal. Un palpable ejemplo de ello es el esfuerzo del comunismo por terminar con lo que Lenin consideraba “el opio de los pueblos”, que llevó a Stalin a ironizar cuando alguien le insinuó el riesgo de tal enfrentamiento: “¿De cuántas divisiones de infantería o de artillería dispone el Papa?”. El tiempo demostró quien sucumbiría y quien sobreviviría.

 Parece a veces inevitable que algunos gobernantes, ensoberbecidos por su influencia sobre militares, periodistas, políticos y otros factores de poder decidan que la Iglesia debe caer también en las redes de sus manipulaciones. Así sucedió en varias instancias de nuestra historia como fue el caso de Bernardino Rivadavia quien en agosto de 1821, seguramente influido por la masonería a la que se había incorporado durante su exilio en Gran Bretaña, propuso una reforma eclesiástica y confiscó propiedades de las órdenes religiosas como sucedió con la Basílica de Luján a la que despojó de sus bienes muebles e inmuebles aduciendo “que no rinde servicio alguno y que no tiene más objeto que el culto de su imagen”. También suprimió el diezmo, contribución de los fieles que costeaba los gastos eclesiásticos y lo reemplazó por subvenciones gubernamentales que le permitió premiar y castigar de acuerdo al sometimiento a sus designios. Suprimió la orden de los betlehemitas y jibarizó a franciscanos, dominicos y mercedarios a los también les quitó autonomía. Estas medidas irritaron a la ciudadanía pues eran dichos frailes quienes estaban a cargo de enfermos, ancianos e indigentes.

El caso Misiones también se refleja en aquellos años pues Rivadavia y los suyos debieron enfrentar a la prensa, en especial al franciscano Francisco de Paula Castañeda quien emprendería una imaginativa campaña destinada a contrarrestar al oficialista “El centinela” de Juan Cruz Varela. El polemista sacerdote llegó a editar varios periódicos simultáneos a los que ponía nombres burlones: “La Matrona Comentadora de Cuatro Periodistas”, “La Guardia Vendida por el Centinela”, “La Traición Descubierta por el Oficial de Día” lo que finalmente le costaría una precipitada fuga a Montevideo. Pero el daño al gobierno era ya mucho y el descontento popular, gatillado finalmente  por el ominoso acuerdo que entregó la Banda Oriental al Brasil, provocó la caída de don Bernardino.

Años más tarde, en 1881, gobernando Roca, el volteriano ministro del área educativa Eduardo Wilde convoca a un Congreso Pedagógico en el que se propone la eliminación de la enseñanza del catecismo en las escuelas. Hay quienes sospecharon la influencia del Presidente Honorario, Domingo F. Sarmiento, entonces Gran Maestre de la masonería argentina, quien se había expresado públicamente en ese sentido.

Luego de idas y venidas entre las Cámara de Senadores y Diputados, el 8 de julio de 1884 se aprobó la meritoria ley 1420 de enseñanza laica, gratuita y obligatoria. Roca debió  enfrentar entonces una indeseada convulsión social y los ofendidos dirigentes católicos Estrada, Navarro Viola, Goyeneche, Marcos Sastre y la jerarquía eclesiástica reabrirían el conflicto en Córdoba a raíz de la oposición del vicario monseñor Clariá  a que maestras protestantes estuvieran al frente de clases escolares. Dicho contencioso se agravó con el compromiso personal del nuncio apostólico monseñor Mattera y su expulsión provocó la ruptura de relaciones con  el Vaticano, reanudadas dieciséis años más tarde, vuelto un Roca de apaciguado anticlericalismo a la presidencia. La experiencia había dejado una enseñanza al “Zorro” que en carta a Juárez Celman escribiría lo que Kirchner y Rovira podrían suscribir: “Comer carne de cura es indigesto”.

Una primera motivación de lo sucedido durante el gobierno de Perón puede rastrearse en que el peronismo había ido derivando de una convicción política hacia algo parecido a una creencia pseudoreligiosa basada en la adoración de las masas a su benefactor y  sustentada principalmente en el culto a la difunta Eva Perón, “Jefa Espiritual de la Nación”,  a quien se la imaginaba canonizada. Esto se tradujo en los contenidos de la enseñanza escolar hasta entonces monopolizada por los criterios curiales.    

En los albores  de su gobierno las relaciones de Perón con la Iglesia habían sido óptimas y establecieron entonces una fuerte alianza de provecho recíproco que fue decisiva en el triunfo electoral en 1946 de la fórmula Perón-Quijano. Pero la semiclandestina creación en junio de 1974 del Partido Demócrata Cristiano provocó en Perón rencor y desconfianza pues se consideraba el único y legítimo representante de la doctrina cristiana en la política argentina y  sospechó que detrás de ello se escondía un proyecto de debilitarlo fogoneado por el Vaticano. El gobierno propuso entonces medidas como la equiparación legal de los hijos legítimos e ilegítimos, la ley del divorcio, la supresión de la enseñanza religiosa obligatoria, la eliminación de subvenciones a los colegios confesionales, la ley de profilaxis que promovía el control sanitario de los prostíbulos. Además en el Legislativo esperaba su sanción la ley de separación de Iglesia y Estado.

Todo indica que Perón no calibró el vigor de la resistencia que provocaría. Su conflicto con la Iglesia pasó a ser entonces entre el peronismo y un antiperonismo engrosado por el mismo conflicto y que por fin había encontrado una vía por donde manifestarse, instituyendo algo muy semejante a una “guerra santa”cuyo grito de guerra era “Perón o Cristo” y cuyo símbolo reproducido en grafitti, panfletos y distintivos era una ve que sostenía una cruz, “Cristo vence”. Luego vendría el tumultuoso junio de 1955 con la procesión de Corpus Christi del 11, el bombardeo de la Plaza de Mayo por parte de aviadores de la Marina el 16, a la noche de ese mismo día la quema de varias iglesias capitalinas y la curia. Poco faltaba para el triunfante golpe del 16 de septiembre cuyo jefe, Eduardo Lonardi, nacionalista católico, había sido peronista pero luego, como muchos, pasó a la oposición influido por la “guerra santa”, causa principalísima de la caída de Perón.    

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