EL EXILIO POLÍTICO Y ECONÓMICO, UNA CONSTANTE DE LA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA

“La muerte rápida es castigo muy leve para los impíos. Morirás exilado, errante, lejos del suelo natal. Tal el salario que un impío merece” (Eurípides).

 

Cuatro mil ochocientos dólares. Eso fue lo que nos pagaron por la apresurada y desventajosa venta de un terreno en la costa atlántica. Partí con mi entonces esposa, Susana, y nuestras hijas Camila, de ocho años y Agustina, de seis. El lugar elegido (?) fue Madrid porque providencialmente iba a publicarse mi novela “Copsi” en una editorial nueva que tuvo poca vida, “Sedmay”. Llegamos y nos acomodamos en dos ambientes del “Torre Renta”, un apart hotel de la calle Capitán Haya adonde habían llegado y seguirían llegando huídos de la Argentina, constituyéndose en algo parecido a una colmena de afligidos y solidarios connacionales en lo que entonces era el extremo norte de Madrid. Así comenzó nuestro exilio.

El de esos tiempos tuvo características políticas, pero años más tarde los hubo también por motivos económicos, como las hiperinflaciones de Alfonsín y Menem, o la debacle del 2001. En estos últimos casos es erróneo hablar de exilio “voluntario” por cuanto nadie abandona su lugar si no es empujado por la desesperación, por la falta de futuro.

El ostracismo  es siempre una experiencia traumática en la que el individuo es forzado a dar un paso no deseado que cambiará radicalmente su existencia, no siempre para mal. Cualquiera sea el país de destino o el bagaje profesional o laboral anterior con que lo enfrente es un quiebre en su proyecto de vida. Es la pérdida del espacio familiar, social y cultural en el que ésta se desarrollaba; es la adaptación forzada a un medio desconocido y no elegido; el aprendizaje de un nuevo idioma, aunque se trate del castellano hablado en España, lo que implica la dramática pérdida de la sutileza en la expresión oral cuando comunicarse bien es tan necesario; el esforzarse por comprender y adaptarse a las minucias del nuevo entorno.

He aquí una de las leyes más penosas de la condición del exiliado: su tiempo, aguijoneado por la ansiedad por hacerse un lugar bajo ese sol extraño, no es el mismo que el de los locales. Eso hará que cometa equivocaciones que le jugarán en contra, haciéndolo fracasar en algunos de sus propósitos: alguna llamada telefónica sobrante, un regalo a destiempo, una simpatía sobreactuada que acentúan la natural desconfianza ante el extraño. Me permito establecer una regla general: es común que aquellas personas en las que se confía para dar los primeros pasos, quizás por recomendación de algún pariente o amigo, quizás alguien a quien se conoció circunstancialmente en Argentina tiempo atrás, suelen evaporarse arrasadas por la ansiedad del demandante que desembarca no sólo con necesidad de ubicación sino también anhelante de un afecto que su patria le ha negado.

Los primeros desterrados fueron Adán y Eva, expulsados de su lugar natural por un Dios encolerizado. Hubo tiempos en que se intentó dar institucionalidad al ostracismo, como sucediera en la Atenas del siglo V antes de Cristo. Su nombre proviene del griego “ostrakon”, parecido a la valva de la ostra, tejuelo de arcilla sobre el que, en el ágora, se escribía el nombre del político a quien parecía conveniente alejar. Fue Clístenes, padre de la democracia ateniense, quien inauguró dicho sistema al expulsar a Hipias, el último tirano, y logró perdurar durante un tiempo como reaseguro contra cualquier tentativa de restablecer la tiranía.  

Pero el destierro que muchos sufrimos poco tuvo de ceremonial y se pareció en cambio al terror y la huída. Lo más dramático fue la pérdida o, al menos, la licuación de la identidad. Porque esta se constituye especularmente en función de lo Otro. Así como el bebe reconoce su otridad, el sí mismo, en la mirada de la madre, en el exilio somos desestructurados en nuestra identidad por la falta de los ruidos, los olores, los hábitos, los sobreentendidos, todo aquello que nos constituye como personas correspondientes a un lugar y a un tiempo. Según Juan C. Carrasco, exiliado chileno de Pinochet: "La cotidianeidad consiste en la unidad inseparable del hombre y de la calle por la que camina, del café donde toma un trago, de las informaciones que recibe, de las relaciones que establece. Cotidianeidad que es a la vez una percepción y vivencia de la experiencia compartida en un mundo compartible grupalmente. Cotidianeidad que supone continuidad de tiempo y espacio, repetición de significaciones, reconocimiento de sí y de la propia experiencia, sin cortes ni rupturas".

El intento de cicatrización de esos cortes y rupturas me transformó, como a la gran mayoría de quienes compartían mi condición, en un obsesivo escuchador de tangos, bebedor de mate, lector de autores nacionales, aficiones que eran mucho más débiles o inexistentes en el país de origen. A esto también se debe el aferrarse obstinadamente a continuar hablando el idioma propio sin ceder al “tú”, al “vosotros”o a la distinta acentuación verbal (“tomá” en vez del “toma”. En Cataluña el tema es otro) o a construir con otros desterrados un mundo cerrado en el que, por ejemplo, se sigue con indesmayable pasión el campeonato de fútbol argentino.

Una dificultad es la de tener siempre pendiente el regreso, la convicción de que el futuro transcurrirá en su lugar de origen, que el destierro es sólo provisorio. Pero es éste un tiempo fuera de control para el exiliado. ¿Cuándo se podrá volver? Mientras, estar siempre listo para el regreso (he conocido quienes nunca deshicieron sus valijas durante los años de destierro) descifrando los sonidos llegados desde el otro lado del mar. Interpretándolos muchas veces de acuerdo al deseo, como cuando Rafael Alberti, en 1959, dieciséis años antes de la muerte de Franco escribía en su “La arboleda perdida”que “vientos de libertad” soplaban en su España y que “pronto llegaría la hora del regreso”. 

La ilusión del retorno  impide comprometerse con proyectos afectivos o laborales en el nuevo escenario vital lo que crea una paralizante sensación de no pertenecer a ninguna realidad, como colgar ingrávido sobre el océano Atlántico. Situación que puede extenderse a lo largo de muchos años, a veces sin posibilidad de solución a lo largo de una vida entera. Son frecuentes los casos en que ante la cierta posibilidad de un logro en el lugar del exilio, lo que implicaría una  promisoria posibilidad de arraigo, se ponen en marcha mecanismos inconcientes de saboteo (olvido de citas, comentarios inconvenientes) que hacen fracasar dicha oportunidad. Sobre eso escribió Ortega y Gasset, a raíz de su refugio  en Buenos Aires de los horrores de la España franquista: “El desterrado siente su vida como suspendida, “exul umbra”, el desterrado es una sombra, decían los romanos. No puede intervenir ni en la política, ni en el dinamismo nacional, ni en las esperanzas, ni en los entusiasmos del país ajeno. Y no tanto porque los indígenas se lo impidan sino porque todo lo que en derredor acontece le es vitalmente  heterogéneo, no repercute dentro de él, no le apasiona, ni le duele, ni le enciende. Las potencias vitales se le han envaguecido y en el secreto fondo de sí mismos sienten su persona radical e irremediablemente humillada”.

Alguien ha comparado el exilio con la metáfora de Jano, dios de la mitología romana representado con dos rostros que miran en dos direcciones opuestas: uno vuelto hacia el pasado, expresaría la  pérdida, la confusión, el duelo, también la certeza de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer; el otro mira hacia el futuro, impregnado por un medio desconocido, extraño, inasible en su lenguaje, amenazante, pero que también representa una esperanza de realización.

Otro drama del desterrado es que la indeseada dislocación esencial, promotora de angustias y depresiones, confunde sus sentimientos y no le permite identificar con alguna precisión sus estados de ánimo. En una crisis matrimonial, frecuentes durante el exilio, no puede disecarse fácilmente lo que corresponde al displacer inherente al exilio que genera rabia y melancolía, de la dificultad de relación originada en diferencias de personalidad asiduamente modificadas en una experiencia de tan alto voltaje. ¿Le reprocho que no me quiere porque ella efectivamente se ha distanciado de mí o lo hago porque inconcientemente proyecto en ella el desamor de mi país que me echó?

En mi caso fue una etapa de dura lucha por hacerme un lugar en Madrid, para lo que conté con la maravillosa colaboración de Susana y las niñas. Además de la generosidad de algunos terapeutas que conocían mis investigaciones y publicaciones en el campo de la psicoterapia psicoanalítica de grupo, en especial Pablo Población, presidente de la Sociedad Española de Psicoterapia de Grupo, Pedro Fernández Villamarzo, director del Centro Psicoanalítico “Oscar Pfister” y José Guimón, destacado psicoanalista vasco que me abrió las puertas de la Universidad de Bilbao donde enseñé durante esos años. Tampoco olvidaré la mano tendida de Carlos Saura, el eminente cineasta. Pero esencialmente la mayor fuerza que me nutrió surgía del grupo de exiliados argentinos en Madrid que nos hablábamos y nos juntábamos para darnos el calor que nos faltaba: Carlos Alonso, Horacio Guaraní, Tato Pavlovsky, Hernán Kesselman, Marilina Ross, Norma Aleandro, Hugo Urquijo, Piero, Cipe Lincovsky, Norman Brisky, Nacha Guevara, Pino Solanas, Chunchuna Villafañe, Héctor Tizón, Susana Torres Molina, Horacio Salas, el inolvidable Luis Politi  y otros. Son imborrables  las fiestas de fin de año que, por no pasarlas en soledad, las recuerdo paradojalmente como las más acompañadas de mi vida: estaba el que  cantaba, el que contaba chistes, el que traía un jabugo delicioso, la que recitaba. 

Sobre todo lo que se hacía entre nosotros era sostener un ansioso y activo intercambio de noticias sobre lo que sucedía en nuestra sombría Argentina. En aquellos tiempos sin internet y de comunicaciones internacionales onerosas vivíamos en estado de alerta para enterarnos de algún teléfono público descompuesto que permitiera comunicaciones gratuitas. Se formaban entonces largas colas de argentinos, también algunos chilenos y uruguayos, que disponían de minutos medidos para que la mayor cantidad de exiliados pudiera aprovechar esa circunstancia preciosa de comunicarse con sus seres queridos del otro lado del océano. Ese milagro terminaba cuando algún técnico de la compañía telefónica reparaba el aparato. Luego la picardía criolla descubrió que introduciendo en el teléfono público un alambre con una cierta forma y efectuando una manipulación que todos aprendimos se podía hablar a larga distancia sin necesidad de introducir monedas. Este descubrimiento sin duda genial, inspirado por el amor y la lejanía, obligó a la compañía telefónica a cambiar todos los teléfonos de España.

Casi todos los desterrados dedicábamos parte de nuestro tiempo a concientizar a los españoles acerca de la tragedia que se vivía en Argentina, lo mismo hacían los que habían ido a dar a Méjico,  Venezuela o  Francia,  y esa labor fue fundamental para que la opinión pública internacional se enervara en contra del omninoso Proceso de Reorganización Nacional de manera que hasta el gobierno norteamericano del demócrata Jimmy Carter le fue hostil.

Casi todos los nombrados renglones arriba sostuvieron durante aquellos años una intensa actividad que tenía por finalidad responder altivamente al intento de destrucción y castración que implica el destierro. Fue esa una forma de resistencia que hizo que años después, cuando regresamos a la Argentina, habíamos crecido en nuestras respectivas actividades, aprovechando el contacto con la cultura europea que, en circunstancias normales, no hubiéramos desarrollado. En mi caso fue una etapa de febril producción literaria, pude estrenar varias de mis obras teatrales, además de establecer una nutricia relación con los esposos Gennie y Paul Lemoine en París, dilectos discípulos de Jacques Lacan especializados en la psicoterapia grupal.

El contacto con realidades extranjeras moldea una nueva identidad que se complementa con la original generando el “biculturismo”, que consiste en reaprender nuevas formas de conducta, incorporarse al idioma del lugar, resignarse positivamente a la nueva realidad en que se debe vivir, incorporarse  a la vida social, laboral y cultural asimilando las costumbre y hábitos vigentes sin renunciar por ello a su identidad propia.

El esfuerzo por sobrevivir fue especialmente  difícil para quienes llegaron con un mano atrás y otra delante y no podían esgrimir una profesión o un oficio que tuviera demanda en aquel nuevo escenario. No pocos tuvieron que apelar a inventarse currículums o a aducir capacidades inexistentes que alimentaron injustamente la injuria acerca de los “argentinos chantas”, mecanismo xenófobo equivalente al nuestro de prejuiciar a los españoles de la inmigración como “gallegos brutos” o a los italianos como “tanos ordinarios”.  

La escritora argentina María Rosa Lojo, hija de un exiliado político gallego en nuestro suelo, relata: "Mi padre no solamente intentó compensar con imágenes míticas la llamada ‘pérdida de los objetos tangibles’. El, que no creía en Dios, creía en los árboles. Como lo hiciera Rafael Alberti, fuimos a vivir a Castelar, donde había muchos, y las casas tenían (y tienen aún hoy) amplios jardines. En el parque trasero de la nuestra ya había un ciruelo, y varios árboles frutales. Pero mi padre plantó, también, un joven castaño. Era su árbol fundador, después de todo, un verdadero ‘árbol madre’, árbol de la vida, árbol del mundo, eje cósmico capaz de abastecer las necesidades de toda una familia, y por extensión, de la especie humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera, la esperanza del reencuentro. Pero los castaños no se avienen con el clima de Buenos Aires: los frutos eran muy malos, casi raquíticos, ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda. Sin embargo el castaño dio otro fruto mejor y más esperado (…) Cuando ya mi padre había muerto pude, por fin, ‘volver’ a la tierra que yo aún no conocía y donde él no llegó a retornar nunca. A mi regreso, el castaño comenzó a morir, irremediable y violento. En un mes se había secado de la copa a las raíces. Comprendí que simplemente daba por cumplida su misión terrena, que siempre había estado allí sólo para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión de la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al exiliado hijo".

El castaño nuestro fue un perro, “Chester”, un labrador negro de pura raza que una desaprensiva inglesa que regresaba a su país y no deseaba llevarlo consigo lo arrojó en su apuro hacia el aeropuerto en brazos de mis hijas que jugaban en la vereda. Una ayuda de Dios seguramente conmovido por nuestro infortunio. Era extraordinariamente inteligente e intuitivo y cumplió varios roles a la perfección: guardián de la familia porque aprendió a ser bravo y temible para los demás, reemplazó a las abuelas de nuestras pequeñas cuando salíamos y quedaban a su cuidado con nuestra absoluta confianza, fue el mejor compañero de juego de Camila y Agustina sustituyendo a los varios primos que habían quedado lejos, también un muy entretenido compañero de viajes que alegraba con sus ocurrencias. Cuando regresamos por fin a la Argentina con “Chester” todos eso roles fueron reasumidos por aquellos a quienes les correspondían y por eso fue razonable, pero lamentable, que una noche desapareciera para siempre. Su misión de ocuparse de nuestro desamparo de exiliados había sido cumplida como un maravilloso ángel de la guarda y su memoria siempre se carga de emoción y gratitud.

Una de las anécdotas del inevitable desconocimiento del lugar donde uno ha pasado a vivir: habíamos logrado comprar un destartalado y chocado “Simca” por ochocientos dólares. Para embellecerlo compramos unas tiras engomadas, que nos parecieron muy bonitas, a rayas rojas y amarillas que pegamos profusamente en la carrocería. A veces notábamos que otros automovilistas nos hacían señales de simpatía o de hostilidad que no comprendíamos y entonces clasificábamos como extraños hábitos de los madrileños. Hasta que varios meses después (¡) nos percatamos de que esos colores eran los de la “senyera” catalana. Es decir que durante un largo tiempo habíamos paseado desprevenidamente la reivindicación del nacionalismo catalán que, ahogada durante el franquismo, emergía entonces con fuerza y conflictivamente.

Otra anécdota tragicómica acerca de los errores que se cometen por desconocimiento tiene que ver con la ya citada publicación de mi novela “Copsi”. Cierto día me llamó María Fraguas, hermana del gran historietista Forges y mi contacto con “Sedmay”, para sugerirme que aligerase los insultos que mi protagonista, un exiliado en Buenos Aires de la guerra civil española, profería contra Franco. Si bien el Generalísimo había muerto la transición recién se iniciaba y el franquismo ocupaba todavía la mayoría de las áreas del poder. En las calles madrileñas había escuchado un insulto que me pareció simpático, “gilipollas”, y con él sustituí en las pruebas de galera todos los abundantes “hijo de puta” de mi texto. Pero resultó que lo de “gilipollas”era más fuerte que la puteada por lo que no pasaron muchos días hasta que recibí otro llamado, esta vez para anunciarme que mi libro había sido secuestrado por la autoridad y que se había elevado una denuncia a la justicia. Acudí entonces al único abogado que conocía, mi amigo Héctor Tizón, en un estado de desamparo semejante al mío, que tuvo la generosidad de acompañarme al bufete de un pomposo abogado madrileño quien logró aterrarme: me informó que el expediente había ido a dar a lo de un juez famoso por su franquismo y que lo que podía yo esperar era pasar varios meses en la cárcel de Carabanchel. Todos los días revisaba con temor mi casilla de correo esperando la citación judicial que finalmente nunca llegó porque María Fraguas hizo asunto propio el despistar a la justicia española sobre mi paradero.

Uno de los aspectos desagradables del exilio era la aparición de desterrados sospechosos que se destacaban por ser muy activos, deseosos de participar en las reuniones de cualquier índole que fuesen. Sabíamos que había organizaciones ocupadas en infiltrar a los grupos de exiliados  sobre todo a raíz de lo que el Proceso llamaba “la campaña antiargentina”en el extranjero. Otros personajes que habían sido víctimas de secuestros parapoliciales y liberados luego de pasar por lo que dio en llamarse “proceso de reeducación”, algunos de ellos reconocidos ex dirigentes de organizaciones revolucionarias o de partidos de izquierda,  llegaban a Madrid pregonando las bondades de la dictadura cívico-militar y la justicia de su accionar patriótico, dando falsas garantías de que podía volverse a la Argentina, era en 1977 y 1978,  sin temor a consecuencias.

En el verano europeo de 1978 decidí volver temporariamente a mi patria pues mi padre había enfermado de gravedad y no quería que muriera sin despedirme. Lo hice con riesgo entrando y saliendo por Montevideo por la  presunción de que estaría menos vigilado que Ezeiza, sin saber que en esos mismos días se producía la tristemente célebre ofensiva montonera que condenó a la muerte a muchos jóvenes que, obedeciendo órdenes de sus dirigentes, pretendieron regresar a la Argentina para continuar la lucha. Cuando me reembarqué hacia Montevideo, en un estado de gran inquietud, advertí que un conocido escritor que había estado detenido-desaparecido durante varias semanas se paseaba de una punta a otra por el hall del aeroparque. Siempre que nos encontrábamos nos saludábamos con el afecto que recíprocamente sentíamos. Pero esa vez fue evidente que hizo de cuenta que no me veía lo que me hizo suponer que estaba allí para “verme”, es decir marcarme, denunciarme. Sabido es que a los liberados se les decía que debían estar atentos y concurrir de inmediato cuando le fuesen reclamados sus servicios. Soy un convencido de que ese día le debí mi vida. Varias veces, a lo largo de los años que vinieron, tuve la oportunidad de preguntarle por el asunto pero preferí no hacerlo y eso quedó hasta hoy como un secreto tácito entre nosotros.

Un exilio puede terminar de distintas maneras. Están los que han desarrollado en su nueva tierra capacidades hasta entonces inexploradas lo que les permite un proceso de adaptación exitoso que los lleva a destacarse en alguna actividad, adquieren entonces una nueva nacionalidad y en muchos casos cortan lazos con el país de origen. Están también los que perduran en una instancia melancolizante sin poder adaptarse pero imposibilitados también de volver porque es más difícil el des-exilio que el exilio. La Argentina no es un país que espere a los hijos pródigos con los brazos abiertos además de que luego de algunos años, se lo haya o no deseado, se han desarrollado vínculos con el país de refugio (bienes, amigos, empleo) que nuevamente exponen a lo traumático de la pérdida.  Además los hijos integrados operan como pesada ancla.

En mi caso la decisión, latente siempre, la tomamos, no casualmente, en un momento de placer y logro cuando observaba el vuelo de una gallarda gaviota contra el cielo azulísimo de Puerto Banús. Era un turning point en que me fue claro que las cosas iban tan bien en nuestras vidas y trabajos que un poco más adelante nos iba a ser muy difícil, sino imposible, regresar. Recuerdo que ingresé en nuestra vivienda y dije “volvemos”. Y volvimos a una Argentina todavía gobernada por la dictadura cívico militar que con su dólar subvaluado se encargó de licuar velozmente los escasos ahorros que repatriamos. Pero la felicidad de estar otra vez entre los míos, convencido de que el imperativo de la hora era luchar por el regreso de la democracia, predominó sobre lo que fue un esfuerzo quizás peor por la adaptación a un escenario al que los años del Proceso habían cambiado sustancialmente. En especial a las personas, como fue el caso de no pocos conocidos que de idealistas se habían transformado en astutos especuladores de la “plata dulce” y la “bicicleta financiera”.

Cuando regresé no podía decir que volvía del exilio. La primera entrevista me la hicieron unos jóvenes valientes de la revista del “Instituto Superior Mariano Moreno”. Nos pusimos de acuerdo en que escribirían que yo volvía de una prolongada beca en Europa…En cambio no faltaron los que regresaron años más tarde alardeando de su condición de exiliados lo que generó agrias y justificadas disputas con quienes habían soportado al Proceso en el exilio interior, acorralados por el miedo, la censura, las listas negras.

Fue quizás inevitable que algunos intelectuales o artistas que permanecieron del otro lado del mar especularan con el cambio de circunstancias nacionales e internacionales que  tornó prestigiosa y redituable la condición de “exiliados” aunque hubieran pasado ya años desde el advenimiento democrático, y como tales eran (todavía son) invitados a congresos, reuniones y daban (todavía dan) entrevistas investidos de esa representación imaginaria que Europa reclama para satisfacer su “revolucionarismo progre”.

La cuenta todavía no hecha es cuántos, además de los treinta mil reales desaparecidos del Proceso, son los “desaparecidos” del camino que el destino les habría fijado de no haber sido por las dictaduras genocidas y luego por las crisis económicas que azotaron a nuestro país. Cuántos y cuántas no llegaron a ser lo que deberían de haber sido. Cuántos talentos desperdiciados, cuántas vocaciones mutiladas, cuántos corajes malgastados. Quizás sea cierto que la mayoría de argentinas y argentinos somos sobrevivientes y que en  r,eso se nos fue la mayor parte de nuestro capital humano.  

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