EVA PERON

Sin duda Eva Perón fue (es) un personaje extraordinario, tanto que mereció un sin número de textos biográficos, políticos, sociológicos y literarios. También obras de teatros y películas del más alto nivel internacional. Irrumpe en nuestra historia con tanta fuerza que pulveriza el cliché machista que daba por sentado que la política era sólo asunto de hombres. Su mención, a pesar de los años transcurridos, sigue despertando encendidas polémicas entre quienes la aman y la odian con igual intensidad La izquierda vernácula, que nunca aceptó la evidencia de que el peronismo la había desplazado de  la representación popular, intentó ganar a Evita para su propaganda, significándola como “montonera” o como partidaria de la “patria socialista”, imaginándola divergente de un Perón supuestamente fascista y militarista. Sin embargo ninguno de sus hechos ni de sus pensamientos contradice la fervorosa lealtad que siempre evidenció por su esposo, como lo demuestran sus palabras del 14 de junio de 1950 ante la Conferencia Nacional de Gobernadores: “Creo que el mejor homenaje que a diario le rindo al general Perón es quemar mi vida en aras de la felicidad de esos humildes. El mejor homenaje que yo puedo rendirle al general  es tratar de interpretarlo en sus ideales de patriota y de colaborar modesta pero fervorosamente, hasta la muerte si fuese necesario, para salvar la causa de Perón”. No pocos, con el correr del tiempo, interpretarían esas palabras como una  agoraría de la dramática suerte que esperaba a Evita poco tiempo después.

Maria Eva duarte nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, el 7 de mayo de 1919.  Era hija de una relación irregular entre el terrateniente Juan Duarte, quien nunca la reconoció, y Juana Ibarguren, una humilde cocinera. Fue la última de cinco hermanos. Duarte, que de mala gana atendía a la subsistencia de su familia paralela, moriría el 8 de enero de 1826 en un accidente automovilístico en Chivilcoy. Las premuras económicas consiguientes hicieron que Evita comenzara la escuela primaria recién a los ocho años. En 1930 doña Juana se trasladó con su prole, en busca de un mejor lugar bajo el sol, a Junín donde Evita siguió sus estudios en la escuela No. 1 “Catalina L. Estrugamou”.

En su supuesta autobiografía “La Razón de mi Vida”, escrita años después por el español Ramón Penellas bajo su supervisión, Eva Perón recordará que “siendo una chiquilla siempre deseaba declamar. Era como si quisiese decir siempre algo a los demás, algo grande, que yo sentía en lo mas hondo de mi corazón“. Su innata vocación artística hizo que participara en cuanta representación tuviese lugar en el colegio, en el club, en el cine del pueblo, hasta que, finalmente, decidida a ser actriz, se largó a Buenos Aires .

Su primer logro fue incorporarse a la “Compañía Argentina de Comedia” encabezada por Eva Franco, con la que debutó el 28 de marzo de 1935 en el teatro Comedia en un papel secundario en el vodevil “La señora de los Perez”. La oposición antiperonista, ensañada con ella, le negará todo talento e insistirá que su carrera se sostuvo sobre su ductilidad para sostener relaciones ocasionales con hombres del ambiente que podían darle una mano, nombrándose a Agustín Magaldi, a Yankelevich, a Pedrito Quartucci. Luego pasaría por varias compañías, como la de Pepita Muñoz, y la de Armado Discépolo con la que estrenó en el teatro Politeama “La nueva comedia” de Luigi Pirandello . El de 1937 sería un buen año: fue tapa de la revista “Sintonía” y obtuvo su primer papel cinematográfico en el  film “Segundos afuera“. La radionovela “Oro Blanco”, en Radio Belgrano, le abrió el camino en el rubro que más la destacaría y al que le debería su relativa fama artística. Recién en 1940, a sus veintiún años,  alcanzó un papel relevante en el cine en “La cabalgata del circo“, y luego en la que sería su última película “La pródiga” que nunca fue estrenada por disposición de su ya pareja, el coronel Perón, quien cuestionó el suicidio de la protagonista.

Al coronel lo conoció a raíz del terremoto que asoló la ciudad de San Juan el 15 de enero de 1944. En el festival benéfico organizado en el Luna Park una semana mas tarde del siniestro se sentaron juntos, lo cual despertó muchos comentarios, que arreciaron cuando se supo que pocos días después compartían lecho y vivienda dando inicio a una relación que se ganó un lugar clave en nuestra Historia.

Perón crece en la consideración popular a favor de sus decretos que conceden las vacaciones pagas, el aguinaldo, el derecho a la sindicalización, etc. lo que convence a sus enemigos de forzar su renuncia a la vicepresidencia de la Nación y a la secretaría de Trabajo, siendo recluído en prisión en la isla Martín García, de donde es liberado por el multitudinario reclamo del 17 de octubre. Cuando Perón accede a la presidencia de la Nación en las elecciones de 1946 Evita no asume un papel pasivo a su lado, lo que hubiera sido una  norma de la época, sino que se lanza fervorosamente a paliar la penosa situación de los humildes de su patria. Es su decisión no identificarse con las damas del poder, lo que le hubiera sido fácil por la posición social que detentaba, además de su belleza y natural elegancia, sino que por el contrario toma por enemiga a la oligarquía nacional que se ha enriquecido desde el principio de nuestra historia con el trabajo mal pago de sus asalariados. Aquellos a quienes apostrofaría Enrique Santos Discépolo en su programa radial: “La verdad: yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón, la milagrosa. Ellos nacieron como una reacción a los malos gobiernos. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado de un largo camino de miseria.”

Evita, como la conocen sus “descamisados” y “cabecitas negras”, crea la “Fundación Eva Perón” con el objeto de corregir la cruel indiferencia de un estado conservador que no se preocupaba por la asistencia social de los más necesitados.  “No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social…es estrictamente justicia”. Desafiando a las damas de alta sociedad que practicaban la limosna y la beneficencia, afirmará que “esas  son para mí ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes…Yo no hago otra cosa que devolver a los pobres lo que todos los demás les debemos, porque se lo habíamos quitado injustamente”. “Esta distinción un tanto ingenua pasaba por alto el simple hecho de que si los pobres eran injustamente explotados, el movimiento peronista debía tratar de eliminar la injusticia de raíz en lugar de dispensar paliativos. Perón, sin embargo, nunca estuvo decidido a producir un cambio absolutamente radical en la distribución de la riqueza en la Argentina. El estilo Robin Hood de Evita le servía mucho mejor” (J. Page, “Perón”).  La oposición acusaría a Evita de financiar a la Fundación con aportes de empresas privadas logradas con extorsiones, lo que es cuestionado por la biógrafa M. Navarro: “Si las contribuciones espontáneas hubieran existido en gran escala y de manera sistemática los perjudicados podrían haberlas denunciado después de septiembre de 1955. Si no deseaban hacerlas de ese modo seguramente podrían haberlo hecho ante la comisión encargada de investigar la administración de la Fundación y ésta habría aceptado las denuncias presumiblemente con agrado. Es de creer que no las hubo en cantidades apreciables pues de ser así el informe de la comisión las había enumerado y no lo hace”.

 Evita nunca ocupó cargos oficiales pero su ímpetu “justicialista” que, según la mitología popular le robó sueño, energías  y salud hasta inmolarse, no fue ajeno al surgimiento de escuelas, hospitales, asilos, albergues, comedores escolares, ciudades infantiles, en toda la geografía argentina. Uno de sus objetivos fue la reivindicación de la mujer y para ello creó albergues para mujeres indigentes, para mujeres solteras, y para mujeres victimizadas por la violencia familiar. También escuelas talleres donde se enseñaban artes y oficios para la incorporación de la mujer al mundo productivo. Pero el broche de oro fue la sanción de la ley 13.010 que permitía votar a las mujeres y también ser candidatas a la par de los hombres, tanto que en 1952 fueron 6 las senadoras y 23 las diputadas.

Se le puede reprochar a Evita su convicción de poseer la verdad y su poca tolerancia a la disidencia, lo que se asemejó al fanatismo. También su poca preocupación por las restricciones a la libertad que la oposición sufrió durante los primeros gobiernos peronistas, lo que sus partidarios justificarán con el argumento de que un proceso revolucionario que favoreció a los humildes y perjudicó a los poderosos debía, inevitablemente, darse en un gobierno autoritario.  Fue, igual que su esposo, sensible a la obsecuencia y permitió que avenidas, estadios, parques, edificios públicos, llevaran su nombre, también la ciudad de La Plata y la provincia de La Pampa. Su carácter fuerte  no dejaba dudas cuando algo la disgustaba y varios integrantes de los gabinetes gubernamentales tuvieron que dejar sus cargos por su enfrentamiento con ella. Sostenía convicciones propias ante el mismo Perón y fue así que a través de su “Fundación “se compraría un cargamento de armas, sin el consentimiento de su esposo, para ser distribuidas entre los sindicatos obreros ya que desconfiaba, el tiempo le daría la razón, de la lealtad de las fuerzas armadas. Ese vigoroso vínculo con los sindicatos se manifestó dramáticamente cuando estos le exigieron que ocupase la vicepresidencia de la fórmula peronista para las elecciones de 1952. Evita debió renunciar a dicho privilegio a instancias de Perón, presionado por los uniformados que no toleraban a una mujer, además indómita, en ese lugar. Quizás también influyeran los celos de su esposo ante la creciente popularidad de Evita o su conocimiento de la letal enfermedad que la condenaba a un final próximo.

María Eva Duarte de Perón moriría el 26 de julio de 1952 de un cáncer de útero detectado tardíamente debido, según la creencia popular,  a que su intensa dedicación a la acción social le restó tiempo y conciencia para el oportuno diagnóstico médico. Su última aparición pública fue el 6 de junio, cuando el Perón victorioso en la compulsa electoral desfiló en un Packard descubierto flanqueado por su agónica esposa, sostenida por un ingenioso arnés y medicada para aliviar sus fuertes dolores. Su muerte se produjo a las 20:25 y sus exequias fueron acompañadas por inmensas y dolientes multitudes que aún hoy, sobre todo los humildes, la han transformado en un icono de la lucha de la injusticia social y no pocos le rezan, convencidos de su santidad, en improvisados altares familiares.

Es opinión difundida que la muerte de su esposa significó una herida sin cicatrizar para el gobierno justicialista ya que se perdió la correa de transmisión entre pueblo y Perón. Ya no estaría quien sabía detectar y conjurar en sus inicios las inquietudes militares y es muy probable que no se hubieran cometido errores fatales como la imagen de promiscuidad que dio la rama femenina de la Unión de Estudiantes Secundarios funcionando en la residencia presidencial y el enfrentamiento desbocado contra un enemigo tan poderoso como la Iglesia Católica.

En cuanto Evita exhaló el último suspiro comenzó la tarea del doctor Pedro Ara, su eficiente embalsamador, quien, a la mañana siguiente proclamó que “el cadáver de Eva era ya absoluta y definitivamente incorruptible”. Los golpistas de septiembre de 1955 se apoderaron del cadáver y, temerosos de que se erigiese en un símbolo de la resistencia peronista, lo enviaron clandestinamente a Italia con la complicidad del Vaticano, siendo depositado en una bóveda bajo el nombre de María de Magistris. Como parte de negociaciones con el dictador Àgustín Lanusse los restos mortales serían restituidos a su esposo en 1971. Hoy Evita yace en el cementerio de la Recoleta, absurdamente  separada de su amado esposo, enterrado en el cementerio de la Chacarita.

¿QUÉ ES ESTO? ¿UN CARNAVAL?

Muchos se adjudicaron haber sido quienes presentaron a Evita y Perón. Sin embargo la versión recogida de labios del ex presidente es otra:

“Habiendo terminado de expresar mi pedido surgió de entre la gente una mujer que, a pesar de su belleza, parecía aletargada y monótona. Hasta ese momento yo no la había distinguido, pero a partir de ese momento no  pude evitar su agradable presencia. Entonces tomó la palabra. Era una actriz de radioteatro cuyos compañeros vocearon su nom­bre no bien comenzó a expresar su opinión: ¡Eva Duarte!, gritaban. Ella se acomodó en el centro de la reunión y comenzó su monólogo mientras giraba en torno de sí para facilitar que se la observara desde todos los ángulos. Lleva­ba un traje sastre muy sencillo, era muy delgada, lucía el pelo rubio y un sombrero chiquito, como se usaba en la época. A uno se le había ocurrido ofrecer un gran festival artístico a cambio del donativo de la gente. ¡Pobre de él! Nada de festivales. ¿Qué es esto?¿Un carnaval? Respondió a quien lo había propuesto. "Iremos directamente a pedir sin ofrecer nada. En este momento no hay tiempo para organizar un espectáculo ni un te de masas, ni una canasta. Cosas viejas pasadas de  moda que no sirven para otra cosa que para justificar la hipocresía. Los rascas vamos a ganar la calle, y digo vamos porque nosotros no somos nada si no reconocemos de dónde venimos" (E. Pavón Pereyra, “Yo Perón”).


“NO PUEDO VIVIR SIN VOS”

El 14 de octubre de 1945 desde su prisión en Martín García el coronel Perón escribe: “Srta. Evita Duarte:

Mi tesoro adorado:

Sólo cuando nos alejamos de las personas queridas podemos medir el cariño. Hoy sé cuánto te quiero y que no puedo vivir sin vos. Esta inmensa soledad sólo está llena con tu recuerdo. He escrito a Farrell pidiéndole que me acelere el retiro; en cuanto salga nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos (...) Esta (carta) te la mando por un muchacho porque es probable que me intercepten la correspondencia  (…) Debes estar tranquila y cuidar tu salud mientras yo esté lejos, para cuando vuelva. Yo estaría tranquilo si supiera que vos no estás en ningún peligro y te encuentras bien (...)

Viejita de mi alma. Tengo tus retratos en mi pieza, los miro todo el día con lágrimas en los ojos. Que no te vaya a pasar nada porque entonces habré terminado mi vida. Cuídate mucho y no te preocupes por mí, pero quereme mucho que hoy lo necesito más que nunca”.

 


LAS SEÑORAS OLIGARCAS

Del sentido del humor de Evita y de su encono contra las damas de la alta sociedad dará testimonio el entonces embajador de España,  José de Areilza y Martinez de Rodas, conde de Motrico: “Sus bromas intencionadas eran fuertes. Un día organizamos un almuerzo en la Embajada para cumplir con mucha gente que nos había invitado y que pertenecían en su totalidad  a la denostada oligarquía (…) A la 13 horas era el almuerzo, y a las 12 me llamó Evita con urgencia para que fuera a Trabajo y Previsión. Quise excusarme dejándolo para la tarde pero insistió en la importancia y urgencia del caso. Llegué a su despacho y me encontré con el habitual espectáculo masivo y vocinglero, aquel día particularmente numeroso. Eva me saludó al verme llegar, indicando un sillón para que me sentara. “En seguidita me ocupo de usted”. El tiempo pasaba y pasaba y después de las 13 horas hice llamar a casa para que el almuerzo empezara sin mí. A eso de las 14.30 Evita dio por terminada la audiencia general y dirigiéndose a mí me largó una tirada pintoresca y terrible contra las señoras de la oligarquía de  Buenos Aires que, según ella, saboteaban su obra social. Luego, cambió de tono y me dijo: “Usted tiene hoy a comer unas cuantas de estas señoras en su casa. Yo quería que llegara tarde. Y ahora, nos vamos”. Y me llevó en su propio coche a la Embajada. “Dígales quién le ha traído en su coche para tomar el café”, fue su despedida entre grandes risas.

 


LOS QUE TRAICIONAN A CRISTO

Evita, consagrada “Jefa Espiritual de la Nación”, se proclamaba “cristiana peronista” y fue siempre crítica de la jerarquía eclesiástica. En su testamento doctrinario que se conoció  luego de su muerte, “Mi mensaje”, afirmaba: “No se concilian la humanidad y la pobreza de Cristo con la fastuosa soberbia de los dignatarios eclesiásticos, que se distribuyen en el monopolio absoluto de la religión. No soy anticlerical en el sentido en que quieren hacerme aparecer mis enemigos. Lo saben los humildes sacerdotes que me comprenden a despecho de algunos altos dignatarios del clero rodeados y cegados por la oligarquía (…)Les reprocho haber traicionado a Cristo, que tuvo misericordia de la turbas. Les reprocho olvidarse del pueblo y haber hecho todo lo posible por ocultar el nombre y la figura de Cristo tras la cortina de humo con que lo inciensan. Yo soy y me siento cristiana. Soy católica pero no comprendo que la religión  de Cristo sea compatible con la oligarquía y el privilegio. Eso no lo entenderé jamás”.

 


“NOS AGOTABA A TODOS”

La contracción a su trabajo social provocaría una emotiva evocación de Carlos Antequera, jefe de los guardaespaldas de Evita: “Ella tenía una capacidad de trabajo asombrosa y un entusiasmo increíble por lo que hacía. Jamás he visto una voluntad tan férrea. Empezaba a las 8 de la mañana y se detenía a las 2 de la tarde para comer algo liviano, ensalada y alguna fruta; después no paraba hasta las 11 de la noche. Si había algún problema sindical regresaba a las 5 de la mañana. Nos agotaba a todos; seguían ese ritmo diez policías, y yo al pié del cañón. No me extrañé cuando circularon rumores de que estaba anémica. Claro que nunca imaginé que tenía cáncer”.

 


UNA DECISIÓN IRREVOCABLE Y DEFINITIVA

Una inmensa multitud convocada por la CGT cubre la avenida 9 de Julio. Exige que acepte compartir la fórmula con Perón.  Evita les habla pero elude la respuesta y pide tiempo para tomar la decisión.

- _!Al menos cuatro días!- implora.

- !No! ¡ Ahora! – ruge la muchedumbre como si se tratase de un diálogo entre dos personas.

-No renuncio a mi puesto, renuncio a los honores...”

-! Ahora!

- Yo no quiero que mañana un trabajador de mi patria se quede sin argumentos cuando los resentidos, los mediocres, que no comprendieron ni me comprenden, creyendo que todo lo que hago es por intereses mezquinos...”

 -  ¡Ahora!

- Un día...

-  ¡No!

- Dos horas...

- ¡No!

En el palco Perón no oculta su nerviosismo y cuchichea en la oreja de su esposa. Los dirigentes sindicales también están inquietos. Evita enmudeció durante largos minutos. Las antorchas se encendieron para alumbrar a una muchedumbre dispuesta a pasar la noche en vela, esperando la respuesta. Por fin Evita vuelva a hablar en el micrófono.

- ¡Compañeros!... Como dijo el general Perón yo haré lo que diga el pueblo.

 La gente se desconcentra eufórica, convencida de que han forzado la anhelada aceptación.    Pero el 31 de agosto, por la Cadena Nacional de Radiodifusión, Evita anunciaba “su decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo quisieron honrarme”.

 


“NO IMPORTA QUE LADREN”

Para Evita peronismo era sinónimo de Patria y de Pueblo, de manera que los opositores no eran sino enemigos de la Patria y del Pueblo, por lo tanto se justificaba despreciarlos y perseguirlos. Ello es evidente en varios pasajes de “La razón de mi vida”:

“No importa que ladren. Cada vez que ellos ladran nosotros triunfamos. Lo malo seria que nos aplaudiesen, en esto muchas veces se ve todavía que algunos de los nuestros conservan viejos prejuicios. Suelen decir por ejemplo: hasta la oposición estuvo de acuerdo. No se dan cuenta  de que aquí, en nuestro país, decir oposición significa todavía decir oligarquía... y vale como si dijésemos enemigos del pueblo. Si ellos están de acuerdo, cuidado, con eso no debe estar de acuerdo el pueblo. Desearía que cada peronista se grabase este concepto en lo más íntimo del alma, porque esto es fundamental para el movimiento. Nada de la oligarquía puede ser bueno. No  digo que puede haber algún oligarca que haga alguna cosa buena...Es difícil que eso ocurra, pero si eso ocurriera creo que seria por equivocación, convendría  avisarle que se está haciendo peronista. Y conste  que cuando digo ‘oligarquía’ me refiero a todos los que en 1946 se opusieron a Perón, conservadores, radicales, socialistas, comunistas. Todos por la Argentina del viejo régimen oligárquico, entregador vende patria. De ese pecado no se redimirán jamás”.

 


EVITA, LA ASEXUADA

“La literatura ha visto a Evita de un modo precisamente opuesto a como ella quería verse. Del sexo jamás habló en público y quizá tampoco en privado. Tal vez se habría librado del sexo si hubiera podido. Hizo algo mejor: lo aprendió y lo olvidó cuando le convino, como si fuera un personaje más de los radioteatros. Los que conocieron su intimidad pensaban que era la mujer menos sexual de la tierra. “No te calentabas con ella ni en una isla desierta”, dijo el galán de una de sus películas. Perón, entonces, ¿cómo hizo para calentarse? Imposible saber: Perón era un sol oscuro, un paisaje vacío, el páramo de los no sentimientos. Ella lo habrá llenado con sus deseos. Eva nada tenía que ver con la hetaira desenfrenada de la que habla el enfático Martínez  Estrada ni con la “puta de arrabal” a la que calumnió Borges. En las definiciones de Evita sobre la mujer, que ocupan toda la tercera parte de  La Razón de mi vida, la palabra sexo no aparece ni una sola vez (…)Evita quería borrar el sexo de su imagen histórica y en parte lo ha conseguido. Las biografías que se escribieron después de 1955 guardan un respetuoso silencio sobre ese punto” ( T. Eloy Martínez, “Santa Evita”).

 


LA JUSTICIA POR PROPIAS MANOS

 El 1º. de mayo de 1951, con fuerzas tan menguadas que apenas podía mantenerse en pie, tendrá su último contacto con la multitud convocada en la plaza de Mayo. Desde el balcón de la Casa de Gobierno arengará con violencia: “ El pueblo lo seguirá (a Perón) contra la presión de los traidores de adentro y de afuera, que en la oscuridad de la noche quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón. Y yo le pido a Dios que no les permita a esos insensatos levantar la mano contra Perón porque ¡guay de ese día!, mi general, yo saldré con las mujeres del pueblo, yo saldré con los descamisados de la patria, muerta o viva, para no dejar en pie ningún ladrillo que sea peronista (…) Yo quiero que mi pueblo sepa que estamos dispuestos a morir por Perón, y que sepan los traidores que ya no vendremos aquí a decirle ¡Presente! a Perón, como el 28 de septiembre (fracasada sublevación del general Menéndez) sino que iremos a hacernos justicia por nuestras propias manos”.

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