EL ENCUENTRO DEL CHE Y FRONDIZI

Jorge Carretoni había sido presidente de la juventud de la Unión Cívica Radical Intransigente, el partido del presidente  Arturo Frondizi. Pertenecía al sector más izquierdista del radicalismo que abrevaba su ideario en Moisés Lebensohn. Cierto día de julio de 1961 lo citó Frondizi en su despacho y le preguntó si estaba dispuesto a ir a la Reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES) en Punta del Este, que se celebraría pocas días después. Carretoni aceptó  la inesperada proposición y fue enviado como asesor del CFI (Concejo Federal de Inversiones), aunque se dio cuenta de que era otra cosa lo que se esperaba de él.

Antes de partir don Arturo lo vuelve a convocar con mucha reserva y entonces le pide que en Punta del Este busque hacer contacto con el Che Guevara, entonces Ministro de Industria en Cuba. Carretoni conocía a Ricardo Rojo y éste programó un encuentro reservado con su amigo el Comandante Guevara en el Hotel San Rafael de Punta del Este. Fue una charla muy distendida que se prolongaría hasta las cinco de la mañana con el mate pasando de mano en mano. A partir de allí las demás reuniones, cuatro, en alguna de las cuales también participó Horacio Rodríguez Larreta, serían en la más estricta reserva, sin que se enterase el canciller argentino Adolfo Mugica.

Cumpliendo instrucciones Carretoni le propuso al Che un encuentro en Buenos Aires con Frondizi  y le sugirió la conveniencia de que también fuese recibido por el presidente de Brasil, Janio Quadros. De eso se ocuparía con éxito otro operador secreto y hombre de confianza de Quadros, Celso de Almeida. El emisario argentino también tuvo reuniones no oficiales con el asesor personal de John F. Kennedy, Richard Goodwin, que seguía las tratativas con especial atención y seguramente transmitía sus vicisitudes al presidente norteamericano.      

El interés de Frondizi en el encuentro era mejorar sus relaciones con los Estados Unidos, hacer mérito y así ganar algo de aire en circunstancias en que estaba acosado por las huelgas promovidas por los gremios que reclamaban la legalización del peronismo, por los planteamientos de las fuerzas armadas siempre dispuestas a asaltar el poder con el pretexto de la guerra interior contra el peligro comunista, y por una situación económica que empeoraba día a día. Su objetivo era intermediar en las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba, gravemente deterioradas luego de la invasión de Playa Girón alentada por la CIA, y jugar a favor del interés norteamericano en convencer a Guevara de la inconveniencia del ingreso de Cuba al Pacto de Varsovia, alianza militar del bloque comunista, principal preocupación del presidente Kennedy en aquellos días.

Es de imaginar que Frondizi estaría en condiciones, durante el encuentro, de ofrecer a Cuba alguna ayuda económica acordada con Kennedy y de  garantizarle el apoyo de Argentina y Brasil, los dos países más importantes de la región, para su reingreso a la comunidad latinoamericana (OEA) de la que Cuba había sido expulsada.

Carretoni alquiló un pequeño Piper matrícula 439 CX-AK P por veinte mil pesos de entonces para cruzar el río de la Plata y una mañana a las 9 a.m. estaba todo listo para la partida. Las instrucciones eran que Guevara debía viajar solo por lo que al pie de la escalerilla el mensajero de Frondizi le extendió la mano para despedirse.

-¿Usted no viaja?- preguntó el Che.

No, ésas son mis instrucciones.

- Entonces yo tampoco viajo –dijo cortante y dando media vuelta se alejó, temiendo seguramente de que se tratase de alguna trampa tendida por la CIA o por algún otro enemigo. Quizás recordó que su gran amigo Camilo Cienfuegos había muerto en un sospechoso accidente aéreo.

A Carretoni no le quedó otra alternativa que desobedecer sus órdenes y subir al avión. Durante el trayecto de cuarenticinco minutos Guevara durmió plácidamente apoyado en el hombro del Director para Asuntos Latinoamericano de la cancillería cubana, Ramón Aja Castro. Cuando llegaron al aeropuerto privado de don Torcuato los esperaba la custodia presidencial a cuyo frente estaba un elegante y ceremonioso capitán de fragata. 

Este era el hoy vicealmirante ® Fernando García quien entonces era miembro de la custodia presidencial que desde el gobierno de Aramburu estaba a cargo de la Marina. Eran dos tenientes de Fragata y dos tenientes de Corbeta a cuyo mando estaba el teniente de Navío Jorge Iribarri.

Le había tocado a García hacer la guardia de esa jornada cuando, ya de noche, en la residencia de Olivos, fue convocado por Frondizi quien le preguntó, con expresión grave, si estaba en conducciones de asegurar, con la suya si fuese necesario, la vida del Ministro de Industria cubano. El entonces teniente de Fragata respondió afirmativamente y le recordó que si la visita duraba más de 24 horas, por reglamento, habría que dar aviso a la Policía Federal.

-Serán unas pocas horas- comentó el presidente, quien no le pidió reserva. La visita no fue clandestina, como habitualmente se consigna, sí reservada, y se respetaron las formalidades.

García partió hacia el aeropuerto de don Torcuato secundado por su colega Filipich, también teniente de Fragata, quien tendría a su cargo una discreta custodia en otro auto.

El avión llegó con una demora que puso nerviosos a los que esperaban. Entonces, para impacto de los testigos, baja el Che en uniforme de fajina verde oliva y con su típica barba desaliñada. Lo sigue Aja Castro. El tercer pasajero, Carretoni, desaparece de la escena.

- Frondizi tenía algunas audiencias impostergables y me había dicho: “Si me lo trae antes de las doce, a Olivos, después de la una, a la Rosada” – me contó García.

Se apresuraron, conduciendo a alta velocidad, para llegar a Olivos antes de las 12 pues sabían que mientras más durase la estadía del visitante en Buenos Aires mayores serían las posibilidades de algo indeseado. Durante el trayecto Guevara se mantuvo en silencio mirando por la ventanilla. En cierto momento comentó:

-En esa esquina tomaba el colectivo para ir al club CUBA.

 Cuando García introdujo su mano dentro de su saco para tomar un cigarrillo el Che hizo un movimiento defensivo, inclinándose hacia adelante, alerta.

-Temía que extrajera una pistola y lo matara. Franquearon la puerta de la Quinta Presidencial a las 11.55.

Frondizi los esperaba en su escritorio. García tomó el sobretodo de Aja Castro y notó que la etiqueta indicaba su procedencia: los Estados Unidos de América.

-Estuve tentado de arrancarla y guardarla como recuerdo.

Cuando el presidente argentino abre la puerta hace pasar al Che y deja a Aja Castro afuera. El encuentro duró poco menos de una hora. En ese lapso Felipich le comunica a García que la Fuerza Aérea no autorizaba la partida del avión porque había ingresado sin autorización.

Cuando salen de la reunión Frondizi, muy gravemente, le dice a García:

-Lo hago a Ud. responsable de que este señor salga del país sin problemas. Antes desea ir a visitar a una tía.

García  le cuenta entonces lo del avión y Frondizi le ordena que se comunique con el Secretario de Estado de Aeronáutica Brigadier Rojas Silveryra para que autorizara el despegue. Frondizi se despidió y partió hacia sus audiencias en la Casa de Gobierno. Entonces su esposa, la señora Elena Faggionato, amable, se acercó al Che y dado que debían esperar la respuesta de Aeronáutica lo invitó con un bife y ensalada. Después de dudar Guevara aceptó (“¿Quién puede negarse a un buen bife argentino?”)y entonces se sentaron a la mesa Aja Castro, Valotta (un guardaespaldas del presidente), y los tenientes de Fragata García y Filipich.

-Estábamos muy cohibidos y durante unos minutos permanecimos en silencio.

Por fin Filipich se animó a preguntar sobre las carreras de galgos en Cuba y el Che, con humor, le contestó que seguían haciéndose pero ya no con perros de raza sino con cuscos atorrantes cubanos. García le preguntó sobre el célebre night club “Tropicana” y Valotta sobre la situación en China.

La contraorden finalmente llegó y partieron hacía la casa de la tía del Che, María Luisa Guevara Lynch de Martínez Castro, en Gelly y Obes y Avenida Libertador, San Isidro. Sus custodias estaban inquietos pues no ignoraban que la noticia de la presencia del Che en Argentina se había difundido y era previsible alguna reacción. Que tenían razón lo confirma una conversación que casi cincuenta años después tuve con un ya anciano Brigadier ® Rojas Silveyra:

- Yo ordené que mataran al Che durante su estadía en Argentina. Pero elegí mal a los hombres y no supieron o no quisieron hacerlo.

El Che reconoció sin dudar la casa de la tía y fue recibido por el esposo, Martínez Castro,  sin demasiada sorpresa, por lo que García dedujo que estaba avisado. Entraron en la casa y el señor le señaló una habitación y comentó “Acá dormías con tu hermano”. Luego ingresaron en el cuarto de la enferma y ésta se alegró al verlo, se saludaron con mucho cariño y conversaron acerca de las vicisitudes de ese cáncer que la conducía hacia la muerte.  Luego se despidieron y ya en la puerta el Che le dijo a Martínez Castro:

-Seguramente ésta es la última vez que nos vamos a ver- y lo estrechó en un abrazo.

-No creo que haya muchas personas que hayan visto al Che emocionado hasta las lágrimas – cuenta García-  Ese día él y su tío sollozaron abrazados. Y yo, debo confesarlo, también.

Cuando finalmente el avión del Che se elevó en el cielo con dirección a Brasil su custodia, el teniente de Fragata García, respiró aliviado, satisfecho de haber cumplido con su misión.

Esa tarde el presidente Frondizi informó a sus colaboradores que el encuentro había sido muy satisfactorio, comentario que el tiempo pondría en duda ya que el presidente argentino sería derrocado ocho meses más tarde y uno de los pretextos del golpe militar sería su encuentro clandestino con el ‘jerarca comunista Comandante Guevara’. En cuanto al presidente brasilero Janio Cuadros no sólo recibió al Che sino que lo hizo oficial y ostentosamente,  además de condecorarlo en ceremonia pública, para dos semanas más tarde renunciar misteriosamente a su cargo. En lo que hace a las relaciones USA- Cuba un año después se produciría la crisis de los misiles que casi llevó al mundo al cataclismo nuclear.

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