¿LA MEJOR BIOGRAFÍA DEL CHE?

En su excelente entrevista a Jon Lee Anderson publicada en el último número de “Veintitrés”, Gabriela Esquivada afirma que su biografía del Che es (sigue siendo) la mejor. Cuando en el 2002 surgió en mí la idea de escribir otra me pegunté si tenía sentido hacerlo luego de la de Anderson.

Esta formó parte de las varias publicadas en 1997 con motivo del 30º aniversario del asesinato de Guevara en la La Higuera. Si bien la de Castaneda era la más amena y la más independiente y la de Paco Taibo superaba a las demás en sus investigaciones sobre la experiencia guerrillera en Africa, la de Anderson se destacó por sus valiosos aportes historiográficos. 0btenidos sobretodo por haberse ganado la confianza de la segunda esposa del Che, la prevenida Aleida March, celosa custodio de todo lo concerniente a Guevara quien le facilitó el acceso, bajo una estricta supervisión,  a información y documentos hasta entonces no revelados. Para ello el periodista norteamericano pasó más de tres años con su familia en La Habana.

Pero allí reside justamente uno de los defectos de su biografía: a cambio de esos favores el libro de Anderson es un vocero de la versión oficial, de lo que el gobierno cubano y la familia Guevara quieren que se diga y escriba sobre el Che, en especial de su relación con Fidel, lo que inevitablemente no siempre coincide con la verdad historiográfica. Lo revela en la entrevista cuando cuenta que Aleida ‘dio el visto bueno para que mucha gente hablara conmigo’, salvoconducto que yo no pedí ni necesité.

Otro aspecto superable del libro de Anderson es que, como a todo buen norteamericano, la revolución castrista lo obsesiona y por ello su biografía del Che está centrada obstinadamente en los ocho años del Che en Cuba, desluciendo los otros treintayuno. En la entrevista de Esquivada eso es evidente cuando celebra los tres meses que pasó en la Argentina, siendo evidente que en ese tiempo debe incluirse el  dedicado a Bolivia, etapa decisiva que no ocupará más de la décima parte de las ochocientas de su libro, contrastando con las más de quinientas de la etapa cubana (versión castellana).

La biografía de Anderson se publicó seis años antes que la mía y en ese ínterin surgió a la luz material con el que no contó. Por ejemplo el diario del Che en el Congo, escrito en 1966, que fue dado a conocer por Cuba, insólitamente, recién en 1998. También valiosos documentos declasificados de la CIA fueron revelados e incorporados a internet en esos años, entre ellos los que echan luz definitiva sobre la captura y muerte de Guevara. Otra criticable carencia de Anderson es que no dio importancia a textos publicados por amigos y enemigos del Che en Bolivia, entre ellos el de Humberto Vázquez Viaña, apoyo logístico de la guerrilla, y el de “Eusebio”, integrante aymara  de la columna guevarista. Anderson tampoco pudo incluir “La Piedra”, un texto de elevada literatura que el Che escribió cuando en Africa se entera de la muerte de su amada madre y que La Habana dio a conocer recién en 1998.

También daba pie a otra biografía el abordaje superficial de Anderson de la compleja personalidad de Ernesto Guevara, encandilado por su visión del “rebelde”, como lo señala en la entrevista, que le borroneó al Che persona, también al intelectual y teórico, de lo que me ocupé con detalle en mi libro, como así también de profundizar en su infancia, donde la relación con su madre, la guerra civil española  y el calvario de su asma contribuyeron a forjar su personalidad.

En lo que rindo homenaje a Anderson es en su astucia de “tirar de la lengua” al general  Vargas Salinas, el ominoso exterminador en el cruce de un río de los integrantes de la retaguardia del Che, entre ellos la legendaria Tania. Luego de varias horas de charla y alcoholización progresiva logró arrancarle la confesión de que los restos del Che estaban enterrados debajo de la pista aérea de Vallegrande, lo que permitió localizarlos y desenterrarlos. Fueron llevados a Cuba pero algún día, después de la muerte de Fidel, deberán volver a su patria.

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