¿PSICOTERAPIA PSICOANALÍTICA O PSICOTERAPIA PRACTICADA POR PSICOANALISTAS?

Ha habido muchos intentos de diferenciar psicoanálisis de psicoterapia. Comencemos por la negativa: la psicoterapia no es, no debe ser,  un psicoanálisis devaluado, pequeño, aunque sea realizado por psicoanalistas formados.

Las instituciones forman psicoanalistas para la teoría y la práctica del psicoanálisis tal como se lo concibe desde Freud. Y es bueno que así sea. Sin embargo, en sus consultorios, los psicoanalistas suelen tener la mayoría de sus turnos ocupados por psicoterapias. En los EEUU el promedio de pacientes en psicoanálisis ‘comm’il faut’ es de sólo dos por profesional. Ello está acentuado en países como el nuestro donde el dispositivo y la frecuencia de las sesiones están inevitablemente influidas por razones económicas. 

Ello plantea una situación paradojal pues, a pesar de su habitualidad,  no sólo la enseñanza de las psicoterapias está restringida sino son muy escasos los artículos sobre el tema que pueden encontrarse en las revistas de las instituciones psicoanalíticas. Ello promueve una escisión entre la teoría de la práctica y la realidad de la misma.

Una de las imposiciones sobre el tema es poder determinar en la aplicación de técnicas distintas a la clásica cuando, donde y cómo comienza la desnaturalización de lo psicoanalítico. O mejor dicho hasta dónde se autoriza el inevitable desvío que significa la psicoterapia, por ejemplo en lo que hace a la violación del lugar del muerto del psicoanalista clásico.

Según la conocida opinión de André Green hay tres acciones del consultorio psi:  psicoanálisis propiamente dicho, psicoanálisis con variaciones técnicas y psicoterapias practicadas por psicoanalistas. No habla, y coincido, de psicoterapias psicoanalíticas sino de psicoterapias practicadas por psicoanalistas. 

Estas están incentivadas, no sólo por imposiciones de la realidad, sino también por la necesidad, según algunos autores, de tratar pacientes considerados inanalizables, como ciertas formas de las psicosis y psicopatías, así también adicciones severas. Es sabido que hay otros autores que consideran que toda patología es analizable y que la inanalizabilidad depende de la contratransferencia del analista.

¿Quién hace psicoterapia deja de ser psicoanalista en el espacio de la sesión?   Hay quienes , como Arlisky,  proponen que el psicoanálisis es cada más una de las formas acotadas de la psicoterapia. Sandler, en cambio,  afirma taxativamente que todo lo que hacen los psicoanalistas es psicoanálisis. En cambio Echegoyen, en el final de su libro, propone “separar en forma tajante el psicoanálisis de todo intento patente o escondido de psicoterapia”.  Freud justificaba la práctica psicoterapéutica para ciertos casos: “Es el más trabajoso y el que más tiempo demanda, y no se lo aplicará en casos leves” (Lec XXXIV)

Una diferencia entre psicoanálisis y psicoterapia es que el primero apunta a la curación, en tanto el segundo se conforma con la mejoría o resolución sintomática. Pero, ¿qué es curarse?. Para J. Milmaniene  “curarse significa reconocer que somos sujetos de la castración, que toda omnipotencia es restitutiva de nuestra vulnerabilidad esencial, y que sólo nos queda el recurso de la sublimación, la que construye su obra  a partir de nuestras pulsiones. Instamos al paciente a  “deshacerse” de los síntomas -que el sujeto  construye y sostiene inconscientemente como solución a la imposibilidad de legalizar sus goces prohibidos y  sus satisfacciones sexuales incestuosas-, y lo convocamos a que en lugar de gozar a través de los mismos se inscriba en una práctica sublimatoria, entendida ésta como el esfuerzo de sostener asintomáticamente la castración . Se trata de bordear el “agujero” de la falta-en-ser con producciones, que si bien portan la cifra oculta de sus goces, devienen en obras que atesoran el don de la entrega amorosa y la transformación productiva de la realidad”. Es evidente que no es a esto a lo que apuntan las psicoterapias individuales.

La cura analítica transita por un eje que traviesa todo el psicoanálisis: el concepto de transferencia. “No hay análisis que no sea en transferencia y de la transferencia”, escribió Norberto Marucco.  La psicoterapia, en cambio,  apunta al análisis del yo desplazando el acento puesto sobre la transferencia. La transferencia  no es vínculo. La psicoterapia vinculariza la relación y puede no percibir o generar transferencia.  Pero una dificultad es que a partir de “Introducción al narcisismo” Freud estableció que en el yo hay aspectos inconscientes que se resisten a la repetición y por lo tanto a lo transferencial. 

El psicoanálisis jerarquiza la palabra y el lenguaje  para acceder a las formaciones del inconciente (lapsus, sueños, síntomas, transferencia, etc.), mientras que las psicoterapias esquivan el discurso  y sus derivaciones  para ocuparse de lo manifiesto, al preconciente más que al inconciente.  La psicoterapia pretende adecuar  el objeto a la fantasía, al yo; busca ajustar el deseo a la demanda. En tanto el psicoanálisis se propone atravesar la fantasía e incomodar la adecuación del deseo a la demanda. Por fin, puede decirse que el psicoanálisis se guía por la angustia  buscando la causante de ésta y del deseo, en tanto  la psicoterapia busca la solución del síntoma ignorando la angustia o medicándola, privilegiando los afectos positivos. “Los psicoterapeutas le han quitado el veneno al psicoanálisis”, afirmaría Freud en la lección XXXIV.

Lo que es cierto es que aún en los psicoanálisis más clásicos siempre hay algo de psicoterapia, por ejemplo cuando se trata de establecer la alianza terapéutica. Por ello es acertada la figura de Leonardo Peskin cuando, al referirse a la supuesta distancia entre el oro del psicoanálisis y el cobre de la sugestión terapéutica, afirma que para fabricar joyas que no sean quebradizas es indispensable amalgamar el oro con el cobre y otros metales. 

El psicoterapeuta debe tener formación psicoanalítica pues hacer psicoterapia no es más fácil que psicoanalizar.  Su práctica, según M. Baranger, exige una formación probablemente más sólida en el pensamiento analítico. Es por ello que es bueno que se imparta formación psicoterapéutica en instituciones psicoanalíticas aunque por lo apuntado ésta debe darse en las postrimerías de la formación, sea en seminarios y en supervisiones.

Quiero señalar que cuando en las instituciones psicoanalíticas se habla o se escribe sobre psicoterapia suele sobreentenderse que la referencia es a la psicoterapia individual. También yo lo he hecho en este escrito. Mi experiencia en ese campo, en cambio, ha estado centrada en la psicoterapia grupal. 

Algunos motivos son: En lo personal siempre me ha sido difícil la práctica de la psicoterapia individual en lo que implica asumir y actuar inevitablemente el lugar del que supuestamente sabe al definir cuál es el foco, cuáles los temas que conviene tratar y cuáles dejar pasar, cuál es el síntoma a privilegiar. Asimismo, concientemente o no, el terapeuta tiene opinión, y por lo tanto deseo, acerca de cuál deberá ser el resultado del tratamiento para considerar su paciente mejorado o curado. Contradiciendo así aquella regla básica expuesta por Winnicott: “El analista debe entrar en la sesión sin memoria y sin deseo”. Es ésta, en mi criterio, una diferencia sustancial entre psicoanálisis y psicoterapia y por lo tanto, insisto,  éstas no deben ser llamadas “psicoterapias psicoanalíticas” sino “psicoterapias practicadas por psicoanalistas”. 

Otra dificultad personal con la psicoterapia individual es que me es muy difícil mantener, en el frente a frente, un encuadre que permita trabajar desde una perspectiva psicoanalítica. El vis a vis, por efecto de la mirada, demuele la posibilidad de trabajar lo transferencial aunque no por ello deja de provocarla. 

Esta no es una descalificación de las psicoterapias individuales sino la expresión de mis dificultades con ellas. Como regla general, aún con pacientes de dos veces por semana, impongo el encuadre y las reglas del psicoanálisis ortodoxo: uso del diván, asociación libre, respeto del encuadre.   Cuando ello se hacía inviable lo derivaba a quienes estaban en mejores condiciones que yo para satisfacer su demanda. Utilizo el tiempo pretérito pues en los últimos tiempos me he dedicado íntegramente a mi actividad literaria, ensayística y teatral y he abandonado la práctica de consultorio e institucional, conservando algunas actividades docentes. Lo que Green llamaría trabajo de psicoanalista.

En mi caso la práctica sistemática y fundamentada de psicoterapias ha estado circunscripta al campo grupal. Seguramente marcado por una neurosis fóbica que en forma acentuada durante mi infancia y mi adolescencia, pero que aunque atenuada perdura en la actualidad, que me dificultó la socialización y el ingreso a grupos de pares provocó en mí una fuerte interrogación relacionada con los grupos. Posiblemente sea ella una de las razones de mi no pertenencia a una institución psicoanalítica como la APA a pesar de haberlo deseado con fuerza. Es evidente que mi vocación por los grupos terapéuticos responde al axioma de que uno suele ser un virtuoso de sus tragedias. 

Se sumó a ello una sincera preocupación porque la asistencia psicoterapéutica llegase  a sectores amplios de la población no alcanzados por la práctica del psicoanálisis individual y a los que se les evitase el único acceso a la psiquiatría manicomial. Estoy refiriéndome a cuarenta años atrás. 

 Las psicoterapias, pueden o no gustar, pero son inevitables por razones de demanda social. Ya Freud lo comprendió: “Frente a la magnitud de la miseria neurótica que padece el mundo y que quizás pudiera no padecer, nuestro rendimiento terapéutico es cuantitativamente insignificante.  Se nos planteará entonces la labor de adaptar nuestra técnica a las nuevas condiciones”. Es importante que no se deje la respuesta a dicha demanda a personajes sin formación.

Simultáneamente con mi formación psicoanalítica inicié entonces mi incursión en lo que puede llamarse la escuela argentina de psicoterapia grupal, aunque es muy difícil definirla teórica y metodológicamente pues abreva en muy diversas fuentes, como los planteos de Grinberg, Langer, Rodrigué, en los de Pichón Riviére y Jacobo Moreno, asimismo influida en aquellos sesentas y setentas por los ecos que bajaban de la costa oeste norteamericana como la terapia gestáltica de Fritz Perls o la bionergética de Alexander Lowen. Como puede advertirse corrientes que solo podían coinciliarse en base a teorizaciones y prácticas de escasa rigurosidad, lo que inevitablemente se prestó a desvíos y audacias, causa principal de la sombra que se abatió sobre lo grupal en la Argentina y que perdura hasta hoy.

Durante mis años de involuntaria ausencia de mi país, a partir de 1976,  me embarqué en una formación, en París, con los esposos Gennie y Paul Lemoine, dilectos discípulos de Jacques Lacan, tanto como para que Paul fuera la cabeza de la Cause Freudienne, la primera asociación psicoanalítica avalada por Lacan luego de la disolución de la Ecole Freudienne. Ellos, en la rue des Lions, enseñaban y practicaban lo que llamaron el psicodrama freudiano en grupo, denominación que esquivaba la palabra “psicoanálisis”. Lacan nunca les reprochó su práctica grupal y, por el contrario, en varias oportunidades se interesó y les preguntó sobre el tema. 

En la SEPT, de la que soy miembro y que ha sobrevivido airosamente la muerte de los Lemoine, se eluden algunas de las dificultades que he apuntado en lo que hace a saber sobre el paciente. Para ellos el discurso del grupo es el del inconciente;  se trata de la circulación de los significantes , más representativos mientras más motorizados por las subterráneas corrientes (el porte parole del afecto). No se trata de inconciente grupal, de fantasía grupal, de terapia del grupo. Nada hay debajo de lo manifiesto, la tarea del terapeuta será puntuar, señalar, escandir, casi nunca interpretar.

Si bien la mirada establece una diferencia clave e inevitable entre psicoanálisis individual y psicodrama freudiano, en éste el terapeuta gira por fuera del grupo ubicándose por detrás  de quien habla para de esa manera amortiguar en algo la transferencia con el terapeuta y que pueda desenvolverse las transferencias laterales con los demás integrantes del grupo. Esto favorece la terceridad del señalamiento, de la mirada de los demás, de la representación como antagonista de la repetición para acceder a la castración, a lo simbólico a través de su nominación.

En cuanto a las dramatizaciones estas serán una de las formas posibles de subrayar un significante y sólo se representan escenas de situaciones efectivamente vividas, haciendo actuar aquello que no podía sino ser evocado, pues sólo se puede recordar lo que ha existido en lo real o en la fantasía, evitándose así lo catártico, el espectáculo, el goce de reprocharle a un almohadón o  a un yo auxiliar aquello que nunca pudo ser dicho y cuyo decir allí es como no haber dicho.

Pero ésto es tema para otra oportunidad.

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