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Caseros

El 1º. de  marzo de 1851 el gobernador de Entre Ríos emitió un decreto, conocido como “el pronunciamiento de Urquiza”, en el cual aceptaba la renuncia que Rosas presentaba anualmente en la seguridad de que le sería rechazada unánimemente por gobernadores y legisladores. Además reasumió para Entre Ríos la conducción de las relaciones exteriores que todos los gobernadores federales delegaban en el Restaurador. Eso era, lisa y llanamente, una declaración de guerra. 

Esa circunstancia nacional se daba en un contexto internacional especialmente erizado. El 30 de septiembre de 1850 habían quedado rotas las relaciones entre la Confederación Argen¬tina y el Imperio de Brasil. La ruptura culminaba una tensa situación entre la Confederación gobernada por Rosas y el Imperio de Pedro II pues don Juan Manuel estaba decidido a liquidar las ínfulas expansionistas del Brasil, que ya habían mutilado a la Banda Oriental y al  Paraguay del territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

La relación de fuerzas era claramente favorable para nuestra patria pues el Restaurador había preparado cuidadosamente, en armamento y en adiestramiento, dos fuertes cuerpos militares: el Ejército de Operaciones de la Confederación Argentina acantonado en Entre Ríos y Corrientes bajo el mando del general Urquiza, que podía poner entre 15 ó 16 mil hombres sobre las armas. Y el Aliado de Vanguardia, en la Banda Oriental, con un número semejante de combatientes argentinos y orientales, comandado por el general Oribe.

Pero entonces sucede lo insólito: en febrero de 1851 llega dirigida al canciller Paulino una nota del Encargado de Negocios brasileños en Montevideo informándole que un agente del Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones argentino lo había visitado para hablarle de la posibilidad de “neutralizar” a ese ejército. 

Justo José de Urquiza era, sin duda, el más capacitado jefe militar de la Confederación. Era gobernador de Entre Ríos desde 1841, jefe del Ejército Federal de la Reserva en 1845, en 1849 Comandante en Jefe del Ejército de Operaciones que, concienzudamente entrenado, equipado y armado por especial decisión de Rosas, debía ser la pieza maestra de la futura guerra con Brasil.

El gobernador entrerriano era rico, riquísimo, y uno de los secretos de ello estaba en la violación del sitio  de Montevideo impuesto por Buenos Aires a partir de 1843: de las estancias entrerrianas, es decir de Urquiza, salía la carne consumida en la ciudad acosada. Rosas ordenó al Capitán del Puerto de Buenos Aires que negara licencia para cargar oro en buques con destino a Entre Ríos, o para descargar toda mercadería que no fuera de producción nacional. Urquiza protestó invocando la “felicidad de esta provincia” y apelando a la exaltación de la libertad de comercio. Rosas permaneció impasible. 

Ambas notas, conocidas en Montevideo, hicieron suponer una ruptura de Urquiza con Rosas. Valentín Alsina, activo jefe de los unitarios emigrados a dicha ciudad, escribió a Andrés Lamas el 18 de noviembre para que aconsejase al gobierno imperial  de “la necesidad de tantear a Urquiza”. 

En los “Archivos históricos de Itamaraty” se conserva la carta del canciller Paulino que, entre entusiasta e incrédulo, dirige a Herrera y Obes, su par uruguayo: “De lo comunicado por éste (Cuyás, operador de Urquiza) hace pocos días, puedo deducir que el general Urquiza no desea ir a la guerra contra Brasil (...) y que se prestaría de buen grado, no solamente a permanecer neutral, circunstancia que impediría a Rosas entrar en campaña, sino también a promover la caída de Oribe y la elevación de Garzón para la presidencia, asegurando que éste daría a Brasil todas las satisfacciones y reparaciones que le son debidos”.

De allí en más el Ejército de Operaciones de la Confederación Argentina, preparado, armado y destinado precisamente a la guerra contra el Imperio de Brasil, dejaba desde ese momento de ser una fuerza argentina. La defección del ejército de Urquiza significaba el inevitable triunfo de Brasil en la guerra.   Era imposible para Rosas defenderse de la acción conjunta de dos inmensos ejércitos unidos, el de Brasil y el de Argentina. Todo no pasaría de ser un paseo militar con el pretexto de dictar una Copnstitución.  

Para completar el cuadro el otro ejército de la Confederación– el Aliado de Vanguardia, que con Oribe sitiaba Montevideo – fue incapaz de resistir la pinza de las fuerzas del Ejército Grande, como acertadamente se dio en llamar a las fuerzas aliadas. 

Mientras, en Buenos Aires,  la reacción popular fue rabiosa contra el pasado Jefe del Ejército de Operaciones. Los periódicos desbordan de manifestaciones denostatorias hacia Urquiza y en las calles se escuchan coplas agresivas: 

 

”¡ El sable a la mano
al brazo el fusil !
Sangre quiere Urquiza
balas el Brasil.

Por la callejuela,
por el callejón,
que a Urquiza compraron
por un patacón”.

 

Domingo Sarmiento, convertido poco después de Caseros en acérrimo enemigo del entrerriano, le escribirá: ”Se me caía la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado (del Brasil) referir la irritante escena y los comentarios: ¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo (a Urquiza) para derrocar a Rosas! Todavía, después de entrar en Buenos Aires, quería que le diese cien mil duros mensuales”.

El "Ejército Grande" podía haber entrado en Buenos Aíres al día siguiente de Caseros, pero los brasileros forzaron a Urquiza a hacerlo recién el 20 de febrero, aniversario de la batalla de ltuzaingó, como reparación por aquella derrota del Imperio a manos del ejército argentino. Un testigo presencial dejará sus testimonio: “Era un espectáculo completamente nuevo para Buenos Aires, un ejército extranjero paseándose a banderas desplegadas por las calles de la ciudad,  donde tan sólo uno, el británico, había entrado, pero para rendir sus armas en la Plaza de la Victoria”.

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